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Este portal web de la Provincia de Nuestra Señora de la Candelaria, contiene las homilías pronunciadas por religiosos de nuestra Orden en las Eucaristías dominicales y en las correspondientes a solemnidades. Este materia te servirá para profundizar en la reflexión y meditación de la palabra de Dios. 

La homilía es una forma privilegiada del ministerio profético y de la obra evangelizadora de la Iglesia (Cf DV 24). Dos son los elementos o características que distinguen y privilegian el género literario “homilía” entre las demás formas de predicación o comunicación del mensaje evangélico: a) Que es parte integrante de la liturgia, es decir, de un acto cultual oficial de la Iglesia, y b) que la homilía supone el “kerigma” y exige la “catequesis”, pero no que no se identifica con ninguna de ellas. Es una predicación “sui generis”. Conviene precisar lo dicho.

    19 de mayo de 2024

    DOMINGO EN LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

     - Ciclo B -

    Esta solemnidad de Pentecostés culmina el tiempo pascual. El nombre del acontecimiento que celebramos no expresa su significado. Expresa simplemente la fecha en que se dio el acontecimiento salvador. Pentecostés, significa quincuagésimo día, y es el nombre de la fiesta judía que se celebraba 50 días después de la pascua. Es decir, que celebramos un acontecimiento cristiano bajo el nombre griego, una fiesta judía. En el Antiguo Testamento, en los diversos listados de las fiestas judías, esta fiesta en concreto tuvo una evolución en su nombre y significado. En los listados más antiguos, la fiesta carece de fecha fija. Se celebra al terminar la cosecha del trigo y era por lo tanto una fiesta para agradecer a Dios por la cosecha: era una fiesta agrícola. La única fiesta que tenía un día bien establecido era la pascua. Por eso, más adelante se trató de atar la fiesta de la cosecha a la pascua, de modo que se celebrara siete semanas después de pascua. Entonces comenzó a llamarse la fiesta de las semanas y comenzó a perder su vínculo con la agricultura. Entre los judíos de habla griega comenzó a llamarse fiesta del día cincuenta, Pentecostés. Y se le atribuyó otro significado: los judíos celebraban eses día el don de la Ley divina, que Dios les dio en el monte Sinaí. Es evidente que el nombre de la fiesta no expresa un contenido cristiano, sino que señala una coincidencia: el día en que los judíos celebraban el don de la Ley escrita en losas, Dios envió al Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús, como nueva ley interior en el corazón de los hombres.

    ¿Quién es el Espíritu Santo? En varios pasajes del evangelio según san Juan, Jesús anuncia el envío y don del Espíritu Santo como sucesor suyo, como aquel que llevará a plenitud en sus discípulos lo que él, Jesucristo, ha enseñado. El Espíritu Santo actúa en las personas para santificarlas, para capacitarlas para cumplir su misión. Nuestro Dios se revela en el Nuevo Testamento como el Dios invisible, el Dios que no puede ser representado de ningún modo. Es el Dios Creador de mundo, que guió la historia de Israel y guía la historia de la Iglesia con su providencia, con su amor, con sus amonestaciones y correcciones. Jesús lo llamaba su Padre y nos enseñó a llamarlo Padre. Es Dios por encima de todo, que los trasciende todo y es la meta a la que tiende todo cuando existe. Pero ese Dios invisible se hace visible en su Hijo Jesucristo. Es el Dios con nosotros, que compartió nuestra historia, predicó el evangelio, murió, resucitó, subió al cielo y de ese modo nos abrió el camino para llegar nosotros también al cielo. Es el Dios Hijo, Jesucristo. Pero Dios también está en nosotros. Es el Espíritu Santificador, que Jesucristo envió de parte del Padre para comunicar su salvación a quienes creemos en él. No son tres dioses, sino uno solo, que se hace concreto, que, desde nuestra manera de ver, actúa de modo simultá- neo y coordinado sobre nosotros, con nosotros y en nosotros. Este es el misterio de la Trinidad que celebraremos el próximo domingo.

    ¿Se han preguntado alguna vez cómo es posible que la salvación que Cristo nos ganó por su muerte y resurrección llegue a cada uno de los creyentes? ¿Cómo se establece la comunicación entre Cristo y nosotros de modo que su muerte en la cruz opere en nosotros efectivamente el perdón de los pecados? ¿Cómo puede Cristo compartir con nosotros su victoria sobre la muerte de modo que unidos a él también nosotros podamos resucitar?

    ¿Cómo nos unimos con Cristo? Por el don del Espíritu Santo. A través de la fe y de los sacramentos el Espíritu Santo se nos comunica para actuar y realizar en nosotros ese proceso de identificación con Cristo y esa comunicación de la salvación por la participación espiritual en los acontecimientos de nuestra salvación. Morimos con Cristo, resucitamos con él, somos glorificados con él, todo por obra del Espíritu Santo. Si Cristo no hubiera enviado al Espíritu Santo, su muerte quedaría estéril y su resurrección solo lo beneficiaría a él. El beneficio de la muerte y resurrección de Cristo nos llega por el don del Espíritu Santo.

    A través del don del Espíritu, Jesucristo crea el ámbito de santidad y verdad que es la Iglesia. Pues la acción del Espíritu Santo en cada persona se da siempre en la Iglesia. En la Iglesia se anuncia el evangelio, se celebran los sacramentos y se fomenta una vida moralmente recta. En la Iglesia anticipamos la gloria futura y el don del Espíritu Santo en nosotros es germen de resurrección y santidad. Por eso esta fiesta del Don del Espíritu (así se debería llamar) es un día para dar gracias a Dios por la salvación del pecado y la muerte que ha realizado en nosotros por la muerte y la resurrección de Cristo y nos ha comunicado por el don del Espíritu. Correspondamos al don del Dios haciéndolo operativo en nuestras vidas. Gracias al Espíritu Santo Dios nos hace hijos adoptivos suyos y podemos invocarlo en la oración; gracias al don del Espíritu Santo en la Iglesia los diversos miembros de la Iglesia formamos un solo cuerpo para servirnos unos a otros; gracias al don del Espíritu tenemos la motivación interior para vivir de acuerdo con la ley divina; gracias al don del Espíritu los mártires tienen la fortaleza para dar el testimonio de la fe; finalmente, gracias al don del Espíritu, tenemos en el presente un anticipo de lo que será la gloria futura, pues ya desde ahora comienza Dios a vivir en nuestros corazones.

    + Mario Alberto Molina, O.A.R.
    Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango–Totonicapán

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