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Este portal web de la Provincia de Nuestra Señora de la Candelaria, contiene las homilías pronunciadas por religiosos de nuestra Orden en las Eucaristías dominicales y en las correspondientes a solemnidades. Este materia te servirá para profundizar en la reflexión y meditación de la palabra de Dios. 

La homilía es una forma privilegiada del ministerio profético y de la obra evangelizadora de la Iglesia (Cf DV 24). Dos son los elementos o características que distinguen y privilegian el género literario “homilía” entre las demás formas de predicación o comunicación del mensaje evangélico: a) Que es parte integrante de la liturgia, es decir, de un acto cultual oficial de la Iglesia, y b) que la homilía supone el “kerigma” y exige la “catequesis”, pero no que no se identifica con ninguna de ellas. Es una predicación “sui generis”. Conviene precisar lo dicho.

    25 de febrero de 2024

    DOMINGO 2° DEL TIEMPO DE CUARESMA

    - Ciclo B -

    La primera lectura de hoy nos escandaliza y nos indigna: ¿cómo puede Dios mandar a un hombre que mate a su hijo? La segunda lectura nos conforta y nos sosiega: qué bueno saber que Dios está siempre a nuestro favor. La tercera lectura nos deslumbra: ¿cómo puede un hombre mortal fulgurar con la gloria de Dios? El salmo responsorial pone en nuestros labios palabras de confianza y esperanza: te agradezco, Señor, tu amor. Estos textos bíblicos bien leídos y comprendidos suscitan en nosotros una variedad de emociones. Pero ¿cuál es la enseñanza que debemos recoger de estos pasajes tan diversos?

    Vamos primero con Abraham y su escandaloso sacrificio. ¿Cómo pudo Dios mandarle que sacrificara a su único hijo, Isaac, y cómo pudo Abraham creer que semejante orden venía en verdad de Dios? Si nos situamos en tiempos pasados, sabremos que no fueron solo los aztecas los que ofrecían sacrificios humanos. Muchos pueblos del entorno de Israel también hacían sacrificios humanos, sobre todo el sacrificio del primogénito varón. Muchos años después de Abraham tales sacrificios estaban estrictamente prohibidos y sin embargo la Biblia informa de casos de reyes que ofrecieron a sus hijos primogénitos en sacrificio (2Re 16,3; 21,6; 1Re 16,34). Así que, en el contexto cultural y religioso de Abraham, antes de que se diera la ley de Moisés, Dios podía pedir en plan de prueba y Abraham podía creer que Dios le pidiera su hijo en sacrificio, cosa que hoy nos deja estupefactos. (Aunque no estamos mejor, si consideramos la facilidad y frecuencia con que se abortan en todo el mundo niños antes de nacer; así que tampoco están las cosas entre nosotros como para que nos llevemos las manos a la cabeza y llamemos primitivos a aquellos hombres de antaño, porque en “primitivez” quizá los ganamos nosotros. Aquellos hombres creían equivocadamente que con esos sacrificios agradaban a Dios; nosotros matamos a nuestros hijos no nacidos reduciéndoles su dignidad de ser humano a la de un tumor incómodo, inconveniente, problemático que debe ser extirpado.) Pero, si prestamos una mayor atención al relato, la prueba a la que Dios sometió a Abraham no consistía tanto en sacrificar a su hijo, sino en sacrificar lo que ese hijo significaba. De él dependían todas las pro- mesas que Dios le había hecho: descendencia numerosa y tierras para poseer. La prueba consistía en esto: ¿eres capaz de sacrificar todas tus seguridades tangibles para confiar tu futuro solo a mí que soy tu Dios? Esa pregunta nos resulta todavía pertinente. Muchas personas pasan por pruebas semejantes. Sacrificar o renunciar a seguridades tangibles para encomendar el propio futuro solo a las manos de Dios. Eso hizo Abraham, a eso debemos de tender antes de que a través de pruebas lo tengamos que asumir. Por eso el salmo responsorial: aun abrumado de desgracias, siempre confiaré en Dios.

    A eso mismo nos exhorta hoy san Pablo con una vehemencia que manifiesta su convicción profunda. Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? Dios está a nuestro favor, primero porque nos creó y nos dio la vida. Dios está a nuestro favor, porque a pesar de que la humanidad pecó y se alejó de Dios, Él no la abandonó, sino que la cortejó, la instruyó, la corrigió y la llamó a la conversión a través de los profetas antiguos. Dios está a nuestro favor, porque en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Dios está a nuestro favor, porque nos expresó la profundidad y la firmeza de su amor en el sacrificio de Cristo en la cruz; Dios está a nuestro favor, porque nos ofrece gratuitamente su perdón, para motivarnos de ese modo al arrepentimiento y la conversión; Dios está a nuestro favor, porque Cristo resucitó y venció la muerte y comparte esa victoria con nosotros que nos unimos a él por la fe y los sacramentos para heredar así la vida eterna con Dios. El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo? Si Abraham estuvo dispuesto a sacrificar su hijo Isaac porque confiaba su futuro solo a Dios; Dios no escatimó a su Hijo para darnos la prueba más grande de su amor y de su voluntad de ser Él nuestro futuro. Si Dios mismo es quien perdona a sus elegidos, ¿quién será el que los condene? Solo nosotros mismos nos condenamos y nos encaminamos al fracaso de nuestras vidas, cuando renunciamos a Dios y a su perdón y creemos poder construir nuestras vidas al margen de todo auxilio de Dios. Jesucristo, que murió por nosotros está a la derecha de Dios para interceder por nosotros.

    Pongamos pues nuestra mirada fija en Jesús. La escena de la transfiguración tiene ese propósito. El domingo pasado veíamos a Jesús sometido a la prueba por Satanás, de la que salió victorioso. Esa victoria sobre Satanás en el desierto fue anticipación de su victoria sobre la muerte en la resurrección. Hoy, la visión de Jesús transfigurado es anticipación de la gloria de su resurrección. Solo algunas pocas apariciones de Jesús resucitado lo mostraron con rasgos de gloria. Tales fueron la que tuvo san Pablo camino de Damasco o la que tuvo el vidente Juan en la isla de Patmos. Las apariciones de Jesús resucitado a sus discípulos antes de su ascensión carecían de esos rasgos de gloria y esplendor como esta visión de la transfiguración. En esta aparición se insinúa incluso la Santísima Trinidad. La nube que envuelve a todos los participantes es signo del Espíritu Santo, la voz que habla es la del Padre y Jesús radiante es el Hijo, nuestro Salvador. Toda la visión tiene su cumbre en la voz del Padre que instruye: Este es mi Hijo amado; escúchenlo.

    ¿Qué es lo que debemos escuchar? Que Dios es nuestro Padre y creador, no nuestro enemigo ni nuestro adversario. Que Dios ejerce con nosotros la paciencia y nos llama de múltiples modos a la conversión y al arrepentimiento. Dios nos sentencia solo cuando rechazamos su oferta de salvación. Debemos escuchar al Hijo que nos dice que él entrega su vida por nosotros para el perdón de los pecados y para que superemos nuestra muerte participando en su resurrección. Debemos escuchar al Hijo que nos llama a vivir unidos a Dios en la Iglesia y en la Iglesia vivir unidos a todos los demás creyentes que son nuestros hermanos porque nos une el Espíritu Santo. Debemos escuchar al Hijo que nos dice que nuestra vida tiene un propósito y un fin más allá de los logros profesionales, familiares y sociales. Hemos sido creados para participar en la gloria de Dios y compartir con él la vida para siempre. Todo lo demás debemos hacerlo en función de esa gloria que esperamos.

    + Mario Alberto Molina, O.A.R.
    Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango–Totonicapán

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