De su vida (354-430) conocemos muchos datos por las “primeras confesiones” o "Diálogos de Casiciaco"; por las Confesiones, la más célebre de sus obras, que tienen un valor biográfico seguro, además de su valor teológico, filosófico, místico y literario; por las “últimas confesiones” o "Retractaciones", escritas al final de su vida, ricas en noticias documentales y teológicas, pero también autobiográficas. Nos informan sobre la vida diaria que llevaba en la “casa episcopal” sus Discursos 355 y 356. Hay que añadir la Vita Augustini de Posidio, que con sentido histórico y estilo sobrio narra la “vida” y las “costumbres” del obispo Agustín.
 

Sus escritos los conocemos por las Retractaciones, una obra original que contiene el examen de conciencia o la revisión crítica de todas las obras, de las que indica el argumento, orden cronológico, las correcciones que se les debe hacer o la interpretación que se les debe dar (le faltó tiempo para la recensión de las Cartas y los Discursos).
 

Del nacimiento a la conversión (354-386)

Nace en Tagaste (Numidia) el 13 de noviembre del 354, hijo quizás primogénito de Patricio, pequeño propietario y consejero municipal, y de Mónica, cristiana muy piadosa. Tuvo un hermano, Navigio, y una hermana cuyo nombre ignoramos.

 
Superó el escepticismo reconociendo su error de método (ya no sería razón o fe, sino razón y fe) y acogiendo la autoridad de la Iglesia, garantía de la Santa Biblia e intérprete de la misma, como “estrella polar” por la que el cristiano se puede orientar; superó el materialismo comprendiendo, con la ayuda de los platónicos, que existe una luz interior y descubriendo la verdadera noción del mal; superó el naturalismo y solucionó el nuevo problema que había surgido en su ánimo, el de la mediación, leyendo a san Pablo y reconociendo en Jesucristo al Mediador de la gracia y al Redentor. Con ello se completaba el retorno a la fe católica; pero con la reconquista de la fe renació el problema, que había surgido a sus 19 años, de la manera concreta de vivir en búsqueda de la sabiduría o de vivir, para él eran lo mismo, el ideal cristiano. Después de luchas y vacilaciones la opción cayó en el abandono de toda aspiración terrena, incluido el matrimonio, y en la consagración total a ese ideal. Sobre la conversión de Agustín se ha discutido mucho. De los estudios realizados se pueden extraer algunas ideas básicas: las Confesiones tienen un valor histórico con tal de que se distingan en ellas los hechos narrados (que coinciden con los de los Diálogos) del juicio del narrador, que es el de Agustín ya obispo; la conversión fue a la fe católica, mejor dicho, fue un regreso a la misma, al verla ya no en contraste sino en armonía con la meta sapiencial señalada por los platónicos; la adhesión al motivo propio de la fe, la autoridad de la Iglesia, fue anterior a la lectura de esos filósofos, aunque el contenido de la misma era todavía “vago y fluctuante más allá de la justa medida de la doctrina”.
 
De la conversión al sacerdocio (386-391)

La conversión puede establecerse en agosto del 386: tras concebir el nuevo propósito, terminó de mala gana el curso escolar, se retiró a Casiciaco (probablemente la actual Cassago), volvió a Milán en el marzo siguiente, siguió la catequesis de Ambrosio y fue bautizado por él la noche del sábado santo 24-25 de abril
 
Decidió a volver a África con los suyos para realizar allí “el santo propósito” de vivir juntos en el servicio de Dios. Durante el viaje murió su madre en Ostia; volvió entonces a Roma donde permaneció de 8 a 10 meses interesándose por la vida monástica; volvió a África después de julio o agosto del 388, se estableció en Tagaste donde “junto con los que se habían unido a él vivía para Dios... y adoctrinaba a los presentes y ausentes con discursos y con libros” (Posidio).

Los libros escritos en Casiciaco, Milán, Roma y Tagaste fueron muchos; todos ellos, excepto dos, de filosofía cristiana. Los temas son: la certeza, la felicidad, el orden de las cosas y el mal, la inmortalidad del alma, la grandeza del alma, el mal y el libre albedrío, una enciclopedia de las artes liberales de la que llevó a término los tratados De gramática y De musica. También escribió dos obras contra los maniqueos: una comparación entre la doctrina católica y la maniquea sobre las costumbres y una interpretación alegórica del Génesis. La última, hacia el 390, fue el libro de oro sobre la verdadera religión, que contiene en germen muchas de las ideas de la Ciudad de Dios.
 
Fundó un monasterio tal como había planeado y vivió allí, sacerdote y monje, en el ascetismo y el estudio “según la manera y la regla establecida en tiempos de los apóstoles” (Posidio,5). Por deseos del obispo, en contra del uso africano ejerció la función de la predicación.

En el 395, o según otros en el 396, fue consagrado obispo coadjutor; en el 397 ya estaba solo en la dirección de la diócesis. Dejó entonces el monasterio de laicos que será un “seminario” de sacerdotes y obispos para toda África (Posidio, 11) y se retiró a la casa del obispo, donde hizo un monasterio, el monasterio de clérigos (de Hipona).

Para completar su formación teológica, que reconocía imperfecta, se dedicó al estudio de la Biblia y de los Padres. Afrontó el problema de la credibilidad de la fe católica, tuvo un importante discurso sobre el símbolo y la fe en un concilio africano, se ocupó de la moral y la espiritualidad bíblica, así como de la soteriología paulina (con escaso éxito) y el libro del Génesis. Entretanto continuó la controversia maniquea con la disputa con Fortunato y dos obras contra los maniqueos, y comenzó la polémica contra los donatistas.
 
Del episcopado a la muerte
(396-430)

Con el episcopado creció la actividad pastoral y literaria, así como la profundización en la doctrina católica. La actividad pastoral se refería a:
 
1) la iglesia de Hipona, con la que se sentía ligado: la predicación (dos veces por semana: sábado y domingo, a menudo varios días seguidos e incluso dos veces al día), la "audientia episcopalis", que le ocupaba todo el día, el cuidado de los pobres y los huérfanos, la formación del clero, la organización de los monasterios de hombres y mujeres, la administración de los bienes eclesiásticos, que no le gustaba pero que cuidaba con interés, y la visita a los enfermos;
2) la iglesia africana: participación en los concilios programados todos los años, frecuentes viajes para responder a la invitación de sus colegas o hacer frente a las necesidades eclesiásticas;
3)   la iglesia universal: controversias dogmáticas, respuesta a muchas consultas, libros y más libros sobre cuestiones que le planteaban e imponían.
 
Escribió sobre la bondad ontológica de las cosas, respondió a Fausto sobre la armonía de los dos testamentos de la Biblia, a Secundido sobre la inmutabilidad de Dios, la naturaleza del mal, la creación de la nada. También prosiguió la controversia donatista demostrando la consistencia histórica y teológica del cisma y respondiendo a quienes lo defendían: Parmeniano, Petiliano, Cresconio; aclaró la validez del bautismo administrado por los herejes; probó con textos bíblicos la unidad universal de la Iglesia; fue el alma de la conferencia entre católicos y donatistas realizada en el 411 de cuyas actas hizo un resumen y lanzó una llamada a los donatistas a favor de la unidad; escribió un manual al conde Bonifacio sobre la historia del donatismo, la intervención de las leyes imperiales, la bondad de la iglesia que llama y acoge a los extraviados. Si las fatigas de Agustín tuvieron éxito, se debe al hecho de que “supo lo que quería y recurrió a los medios indispensables, supo reclutar los aliados necesarios y arrastrarlos tras de sí en la victoriosa campaña de la que era el alma” (Monceaux).
 
La controversia tuvo dos momentos, uno expositivo y otro polémico. En el primero el tono es tranquilo y amigable, sin nombres o, cuando estos salen a la luz, con demostraciones de estima; en el segundo el tono se hace más vivo, sobre todo al final. En la controversia pelagiana se insertó otra, relacionada con ella, promovida por los monjes de Adrumeto (África) y Marsella (Galia) sobre las cuestiones de la gracia, la libertad y la predestinación. A los primeros les respondió con la obra De gratia et libero arbitrio, donde demuestra con la Biblia, la necesidad de afirmar dos verdades: la libertad y la gracia, y en el De correptione et gratia (obra clave en el pensamiento agustiniano) donde trata los temas de la predestinación y eficacia de la gracia, distinta antes y después del pecado original. A los segundos respondió con el De praedestinatione sanctorum y el De dono perseverantiae donde demuestra que el comienzo de la fe y la perseverancia final con dones de Dios.
 
A estas obras de controversia de añaden otras muchas: exegéticas, morales, pastorales, filosóficas, teológicas. Tres de ellas son:
 

1) Las "Confesiones", la más conocida; se ha dicho que es fascinante no sólo por su valor autobiográfico y literario, sino también por sus consideraciones sobre el mal, la creación, el tiempo, la gracia, el itinerario del hombre hacia Dios, etc.
2) La "Trinidad", es la obra dogmática principal que ha ejercido una influencia decisiva en la teología trinataria occidental; con una finalidad teológica y espiritual se exponen: la doctrina bíblica, la teoría de las relaciones, la explicación “psicológica” o del hombre como imagen de la Trinidad, las propiedades personales del Espíritu Santo, que es el amor y la comunión del Padre y del Hijo.
3) La "Ciudad de Dios", su obra maestra, apologética y dogmática a la vez; compuesta por dos partes, cinco secciones y 22 libros. Allí responde a las acusaciones de los no cristianos exponiendo la doctrina cristiana católica sobre los orígenes, el recorrido y los destinos eternos de las dos ciudades, basadas en dos amores, el de sí mismo y el de Dios, mezcladas en el proceso histórico y separadas en la morada eterna.

A estas obras habría que añadir muchas más, entre las cuales se ubican su correspondencia y sus sermones, productos de más de cuarenta años de predicación con contenidos bíblicos, litúrgicos y hagiográficos.

Murió en Hipona el 28 de agosto del 430.


GALERÍA