El agustino recoleto Pablo Panedas presentará en Madrid dos libros sobre Pedro, Agustín y Lorenzo en el marco de la celebración del día de la Recolección agustiniana. También se dará a conocer y explicará la pintura de Santiago Bellido sobre los mártires agustinos recoletos

A lo largo de los 430 años que la Recolección agustiniana cumple en 2018, han sido muchos los religiosos que han vivido de manera fiel el carisma agustino recoleto, siendo un referente como cristianos y consagrados a Cristo. Sobre Pedro, Agustín y Lorenzo, tres de los mártires agustinos recoletos de Japón, el historiador agustino recoleto Pablo Panedas ha escrito dos libros que serán presentados en Madrid este miércoles 5 de diciembre con motivo del aniversario de la Recolección. Las dos obras recogen documentos inéditos sobre la vida y martirio de los tres religiosos asesinados el 28 de octubre de 1630.

‘Letras de fuego: epistolario de los mártires agustinos recoletos de Japón’ recoge por primera vez algunas de las cartas que escribieron los meses y días antes de su muerte a golpe de catana en Nagasaki. La historia de su asesinato se cuenta de manera más breve en ‘Pedro, Agustín, Lorenzo, Beatos, Recoletos, Japoneses. Las primicias’, el segundo de los libros -editados por la Editorial Augustinus- que serán presentados el 5 de diciembre a las 19.30 hs. en la Parroquia Santa Rita de Casia, en Madrid (España).

Las dos obras de Pablo Panedas no será lo único que se de a conocer el próximo miércoles. Durante el evento se presentará el cuadro del pintor Santiago Bellido sobre Pedro, Agustín y Lorenzo. En óleo sobre lienzo, la pintura muestra a los beatos agustinos recoletos en el centro mientras varios personajes lloran o ríen ante su martirio.

Además del escritor, en el acto intervendrán el historiador agustino recoleto Ángel Martínez Cuesta y el Prior general de la Orden de Agustinos Recoletos, Miguel Miró, que presidirá la eucaristía con motivo de la festividad del 5 de diciembre en la Parroquia Santa Rita.

La historia de tres mártires

Los mártires del Japón beatificados en 1867, hace más de 150 años, formaban todo un batallón de 205 personas de diversa raza y condición. En él confluían personajes de distintas órdenes religiosas que habían sufrido martirio durante los primeros 30 años del siglo XVII. El grupo de agustinos recoletos martirizados era encabezado los misioneros europeos Francisco de Jesús, que era el superior, y Vicente de San Antonio, portugués. Pero, junto con ellos, fueron también beatificados otros tres agustinos recoletos japoneses, a los que Francisco de Jesús había admitido a la profesión: Kaida Hachizo, que en religión se llamará Lorenzo de San Nicolás; Yukimoto Ichizaemon, que será Agustín de Jesús María; y Sawaguchi Kuhioe, o Pedro de la Madre de Dios.

Éstos son dojukus o catequizados de Francisco y Vicente. Son tres jóvenes de cierta cultura, especialmente preparados para transmitir el Evangelio y las verdades de la fe. Los sacerdotes, extranjeros, administraban los sacramentos; los dojukus, que dominan la lengua, se encargan de la predicación y la catequesis.

Lorenzo, Agustín y Pedro fueron detenidos junto con Francisco y Vicente. Y sufrieron 10 meses de durísima prisión, pero no con ellos. Mientras los misioneros fueron trasladados enseguida a la cárcel de Omura, sus dojukus–junto con otros- permanecieron en la de Nagasaki, a unos 30 km. Y en Nagasaki serán ejecutados a golpe de catana el día 28 de octubre de 1630, dos años antes que sus padres espirituales, que se llenaron de júbilo al recibir la noticia.

 

El 22 de noviembre se celebró el DÍA DEL MÚSICO. ¡Felicidades a nuestros ministerios de música y canto!. Que Santa Cecilia, virgen y mártir acompañe su canto para que amen a Cristo como ella. “¿Qué tiene de peculiar el cántico nuevo sino un nuevo amor? Cantar es propio del que ama. La voz de este cantor es el fervor del santo amor”. San Agustín, S 336,1.

 

 

El Santo Padre Francisco, convocó para el domingo 18 de noviembre, a la SEGUNDA JORNADA MUNDIAL de los Pobres, con el lema: “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó”, es un día para reflexionar sobre cómo se puede ayudar a los más necesitados. Por eso, la Iglesia aprovecha para concientizar sobre las necesidades de los pobres en cada ciudad y ¿qué hacer para ayudarlos?

La Iglesia celebra este domingo la II Jornada Mundial de los Pobres. El Papa Francisco invita a participar y reflexionar sobre nuestra actitud con los pobres. Para ello propone los tres verbos del salmo: gritar, responder y liberar. Puedes leer el mensaje completo del Santo Padre para esta jornada

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasadoMuchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [….] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Papa Francisco

 

 

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Ayer, primero de noviembre se celebró la fiesta de Todos los Santos. Para toda la Iglesia es una gran celebración porque hay gran fiesta en el cielo. Para nosotros es una gran oportunidad de agradecer todos los beneficios, todas las gracias que Dios ha derramado en personas que han vivido en esta tierra y que han sido como nosotros, con las mismas debilidades, y con las fortalezas que vienen del mismo Dios. Celebremos este día con un corazón agradecido, porque Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Hoy es un buen día para reflexionar todo el bien espiritual y material que por intercesión de los santos hemos obtenido y tenemos hasta el día de hoy, pues los santos que desearon la Gloria de Dios desde aquí en la tierra lo siguen deseando en la visión beatifica, y comparten el mismo deseo de Nuestro Señor Jesucristo de que todos los hombres se salven, que todos los hombres glorifiquen a Nuestro Señor.

La Iglesia ha instituido la Fiesta de Todos los santos por las siguientes razones:

1.- Para alabar y agradecer al Señor la merced que hizo a sus siervos, santificándolos en la tierra y coronándolos de gloria en el cielo.

2.- Para honrar en este día aun a los Santos de que no se hace fiesta particular durante el año.

3.- Para procurarnos mayores gracias multiplicando los intercesores.

4.- Para reparar en este día las faltas que en el transcurso del año hayamos cometido en las fiestas particulares de los Santos.

5.- Para animarnos más a la virtud con los ejemplos de tantos Santos de toda edad, sexo y condición, y con la memoria de la recompensa que gozan en el cielo.

Ha de alentarnos a imitar a los Santos el considerar que ellos eran tan débiles como nosotros y sujetos a las mismas pasiones; que, fortalecidos con la divina gracia, se hicieron santos por los medios que también nosotros podemos emplear, y que por los méritos de Jesucristo se nos ha prometido la misma gloria que ellos gozan en el cielo. Se celebra la fiesta de Todos los Santos con tanta solemnidad porque abraza todas las otras fiestas que en el año se celebran en honor de los Santos y es figura de la fiesta eterna de la gloria.

Fuente: catholic.net

El Día de Todos los Santos de 1658 fue canonizado Santo Tomás de Villanueva en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. En España y Sudamérica fueron días de júbilo por el reconocimiento de santidad de una de las grandes figuras de la familia agustiniana

Las canonizaciones realizadas por la Iglesia católica en el siglo XVII, además de festejar el triunfo de un santo, eran grandes eventos evangelizadores. No quedaba solo en una celebración litúrgica, por lo general extensas. Todo el pueblo salía a las calles para agradecer a Dios la vida y santidad de un hermano que había vivido heroicamente, siendo protagonistas de la misión en sus días.

Así fue también la canonización de Santo Tomás de Villanueva, el obispo agustino de Valencia que en vida y tras su muerte tuvo gran fama de santidad. En plena etapa barroca, la Iglesia celebraba con enorme boato el reconocimiento de algún santo. En Roma principalmente y en la mayoría de las ciudades en las que se extendía la fama de Tomás García (como así se llamaba), se organizaron celebraciones litúrgicas y procesiones.

La gran canonización tuvo lugar en la Basílica de San Pedro del Vaticano el 1 de noviembre de 1658, festividad de Todos los Santos. Cuarenta años antes, en 1618 había sido beatificado. La celebración fue multitudinaria. Asistieron en tribunas especiales, según relatan las crónicas, la reina de Suecia, familiares del Pontífice y el Señor Sobremonte; la Orden de San Agustín estuvo representada por el Vicario General, los religiosos asistentes de Italia y España, los priores provinciales de Roma, La Marca y Portugal, y el Prior de Roma. La celebración, presidida por el papa Inocencio X, duró cerca de seis horas.

Para este día, en la fachada de la basílica se pusieron ricos lienzos con las armas pontificias, las del rey de España, las de Valencia y las de la Orden de San Agustín. El pórtico de la basílica vaticana se engalanó con los tapices de Rafael; de los arcos de la nave principal colgaban en forma de grandes medallones «pintados por mano de excelente pintor, en claros oscuros, alumbrados de oro, y efigiado, un milagro obrado por el santo con un rótulo al pie de ellos». En los arcos torales colgaban cuatro estandartes de chamelote carmesí con flores de oro, «en los cuales estaba de ilustre pintor efigiado el santo en acto de ser llevado de los Ángeles al cielo».

El proceso de canonización

Apenas 50 años después de su muerte se abrió el proceso canónico que concluiría el 1 de noviembre de 1658. El Prior provincial de la Provincia de Aragón, el P. Salón -uno de los mejores biógrafos de Tomás de Villanueva- pidió al entonces arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, la apertura de la fase inicial: el reconocimiento de sus virtudes heroicas. Poco después, en 1602 se nombraría al primer procurador de la causa, coincidiendo con el comienzo del proceso diocesano. La información recogida fue estudiada en la Santa Sede y en 1618 el papa Paulo V firmó el Breve de la Beatificación del bienaventurado Tomás García Martínez, en Santa María la Mayor, concediendo licencia para imprimir estampas con la efigie del bienaventurado.

El ya Beato Tomás de Villanueva debía pasar otro filtro. Para la canonización era necesario el análisis de sus obras para comprobar la pureza de la doctrina. En la Sagrada Congregación estaba todo preparado para la canonización y así se comunicó a la Orden de San Agustín en nombre de Gregorio XV, pero la muerte del Pontífice dejó todo en suspenso. El nuevo papa Urbano VIII modificó el procedimiento de las canonizaciones de los santos, por lo que la causa del Beato Tomás de Villanueva se tenía que someter a la nueva normativa. El análisis se extendió en los años. El mismo rey de España Felipe IV escribió a Inocencio X -el papa que sustituyó a Urbano VIII- urgiéndole a dictar la canonización.

La geografía de las fiestas celebradas en honor de Santo Tomás de Villanueva coincide con el mapa de conventos de la orden agustiniana, especialmente en aquellos donde el santo vivió —razones comunes para casos similares de otras familias religiosas—; entre las ciudades donde se celebraron fiestas solemnes, están: Toledo, Madrid, Zaragoza, Sevilla, Barcelona, Córdoba, Granada, Sanlúcar de Barrameda, Osuna, Mallorca, Alcalá de Henares, Villanueva de los Infantes y, en el Nuevo Mundo, Cartagena de Indias. Por supuesto sobresalieron muy destacadamente las de Valencia, tanto en la beatificación como en la canonización, porque además de tener convento de agustinos había sido la sede del arzobispado donde desarrolló su misión pastoral.

Se realizaron oficios y celebraciones religiosos por la canonización, en algunos casos casi mes y medio antes del día marcado. En la mayoría de las ciudades hubo grandes procesiones con imágenes y reliquias del santo agustino y en el que participaban los fieles, la nobleza y los religiosos agustinos. Los templos por los que pasaba el alegre cortejo recibían la procesión con grandes altares con reliquias.

Terciaria agustino recoleta, murió mártir en 1634 después de soportar trece días de tormento. Ella misma se entregó a las autoridades por no ocultar su fe. Es la patrona de la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta

La de Santa Magdalena de Nagasaki es una historia de amor a Cristo y de entrega absoluta a la fe. En Japón del siglo XV, mantener la fe cristiana y profesarla era algo perseguido por las autoridades. Sin embargo, esto no amedrentó a Santa Magdalena, quien siendo joven encaró decididamente su compromiso cristiano. Era hija de nobles y fervientes cristianos. Cuando aún era muy joven, su familia -sus padres y sus hermanos- fueron condenados a muerte y martirizados por su fe. Pronto conoció la dureza de seguir a Cristo, el sacrificio de amar a Dios.

Mediante los padres misioneros Francisco de Jesús y Viente de San Antonio conoció la Orden de Agustinos Recoletos. Le sorprendió de ellos su profunda espiritualidad. Queriendo acercarse al carisma agustiniano y agustino recoleto, se hizo terciaria agustina recoleta -fraternidad agustino recoleta-. Como era habitual, tomó los hábitos terciarios y se comprometió a trasladar la fe como catequista.

Perseguida y martirizada por su fe

No obstante, la fe cristiana estaba perseguida en Japón. Cada día eran más los cristianos arrestados y cruelmente martirizados. Pese a ello, Magdalena de Nagasaki continuó firme y arraigada en su fe. Siguiendo el carisma agustino recoleto, pedía limosna para los pobres a los comerciantes y visitaba enfermos. En 1969 se refugió en las montañas de Nagasaki juntos a centenares de cristianos y los padres misioneros agustinos recoletos Francisco y Vicente. Meses más tarde las autoridades capturarían a los dos misioneros, aunque esto no asustó a la virgen mártir de Japón.

En 1634, cuando tenía 23 años, debido a las apostasías que se estaban produciendo por parte de cristianos aterrorizados por las torturas, decidió entregarse. Se presentó ante las autoridades con su hábito de terciaria agustino recoleta diciendo que era cristiana. Le prometieron un matrimonio ventajoso o la liberación de la tortura si apostataba pero ella decidió encarar sin miedo el martirio.

Fue atada con una cuerda por los pies y suspendida en una fosa en la que le era complicado respirar. Ella sin embargo cantaba himnos a Dios y gritaba jaculatorias a Jesús y María. Tras resistir trece días, murió ahogada después de que una enorme tormenta inundara la fosa. Sus verdugos quemaron sus cenizas y las tiraron al mar para que no se le pudiera guardar culto.

Patrona de la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta

Santa Magdalena de Nagasaki fue beatificada primero en 1981 por Juan Pablo II, quien también la canonizó seis años más tardes. Fue el 18 de octubre de 1987 junto a los otros 15 mártires agustinos recoletos de Japón. “En sus sufrimientos, su amor e imitación de Jesús alcanzó su cumplimiento, y su configuración con Él, el único mediador, fue llevada a la perfección”, dijo Juan Pablo II en la homilía de la canonización.

Santa Magdalena de Nagasaki es la patrona de la Fraternidad Seglar Agustino Recoleta. Siendo una gran festividad para la toda la Orden de Agustinos Recoletos, lo es especialmente para los miembros de la Fraternidad Seglar que se comprometen a trasladar la buena nueva que es Cristo con sus vidas sencillas, como hizo Santa Magdalena de Nagasaki. En el Año de la Santidad agustino recoleta te ofrecemos la posibilidad de seguir la festividad litúrgica con el guión de celebración que puedes descargar en español, portugués e inglés.

 

Monseñor Óscar Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 en El Salvador, ciudad de la que era obispo, mientras celebraba la eucaristía. Este domingo ha sido proclamado Santo. El agustino recoleto Teodoro Baztán cuenta cómo fue el encuentro que mantuvo con él dos meses antes de morir, mientras era Prior provincial de la provincia Nuestra Señora de la Consolación y los Agustinos Recoletos tenían presencia en Nicaragua

Tuve la suerte de conocerlo dos meses antes de caer abatido por las balas. Unas balas que no han sido capaces de acallar su voz ni de empequeñecer su figura. Y lo conocí precisamente ahí donde fue asesinado, en un hospital para cancerosos. Ellos, y las religiosas que los atendían, eran su familia, su hogar. El hospital, su casa. Allí oraba, estudiaba y preparaba sus homilías dominicales. Y en él recibía a todos los suyos: a los sencillos y a los pobres, a los perseguidos y a los que luchaban por una vida más humana y más justa. Me acompañó en la visita el P. Fermín Moriones, agustino recoleto y párroco.

Nuestra entrevista duró más de una hora. Hablamos de la situación del país, de la lucha del pueblo, de la Iglesia salvadoreña, del trabajo pastoral de nuestra comunidad agustino recoleta, del testimonio valiente de los cristianos, de los religiosos y sacerdotes comprometidos todos en una misma lucha por la justicia como camino de evangelización. Hablamos mucho. Pero no eran únicamente palabras, palabras más o menos bonitas o llamativas que se pueden pronunciar al margen de unos hechos. Como Jesús, pasó por la vida diciendo y haciendo el bien.

Viví con él una jornada que, para mí, fue un verdadero testimonio. Fuimos juntos, por caminos difíciles e interminables, a un pueblo perdido entre montes, para celebrar la fiesta patronal con los campesinos. Misa al aire libre con muchísima gente venida también de los alrededores. Primeras comuniones, una boda, confirmaciones… Sin un gesto de cansancio, sencillo como ellos, muy cercano a todos.

Escuchaba y anotaba todo lo que oía. Luego, el domingo, lo proclamaría a los cuatro vientos de una manera patética, pero firme y contundente. Vi a madres que se acercaban a él, llorando, para contarle su desventura y dolor por el hijo asesinado, torturado o desaparecido. Porque su voz era la voz de los pobres, la voz de los que no tenían voz. La voz de la Iglesia, la voz del Padre, la voz del Profeta. La voz que, en la homilía de su misa dominical, se escuchaba en todos los rincones del país. Y también en los cuarteles. Y en las mansiones de los mandamás. La catedral se llenaba hasta los topes para celebrar con él la Eucaristía y para escuchar su palabra. Si en el trato personal parecía tímido e introvertido, en el púlpito su figura se agigantaba y su palabra era clara, valiente, denunciadora y evangélica.

Homilías todas de más de una hora. A veces, dos y aún más, si el momento, la problemática o el tema lo exigían. Se le escuchaba con agrado, con interés. Pedía y exigía justicia. Pedía y exigía amor. Denunciaba las torturas, la explotación del pobre, la situación de hambre y de miseria, la marginación de la mayoría. Ponía en evidencia un sistema político que amparaba únicamente al poderoso, al más fuerte. Y todo ello desde el Evangelio de Jesús, con la fuerza del Espíritu, con la verdad de los hechos y con la convicción de su fe cristiana vivida hasta la raíz. Y por eso lo mataron. Por ser la conciencia y la voz de todo un pueblo.

Lo mataron porque la VERDAD no admite componendas, y a Ella la mataron primero. “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros”. Son palabras de Jesús. Lo mataron por subversivo. Y era cierto. Es que no se podía esperar justicia de un sistema político injusto y opresor. Como a los Profetas y a Jesús. Por identificarse con su pueblo. Por fidelidad a Dios y al Evangelio. Pero su palabra no ha muerto con él ni tampoco la obra comenzada. La siembra ya está hecha… Un día fructificará. Tiene que ser así. Porque la sangre de los mártires es semilla de fe, de amor y de justicia.

Teodoro Baztán, agustino recoleto

Grevil Antonio estuvo preso en el Processing Center, en El Paso (Texas, EEUU). Allí conoció al agustino recoleto José Luis Garayoa, a quien visita cada domingo en su parroquia buscando “esperanza” tras quedar libre y reencontrarse con su esposa y con su hija. José Luis Garayoa cuenta esta historia en el semanario Alfa y Omega

«Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo», recomendaba León Felipe en su poema Romero, solo Romero. Recuerdo los tiempos en los que, aprendiendo a tocar la bandurria, dolían tanto las yemas de los dedos que uno dejaba de apretar las cuerdas de acero. «Sigue hasta que haga callo –oías al profesor–; entonces perderás sensibilidad y ya no te dolerá». Uno quisiera que, en el alma, como en los dedos, el callo te hiciese perder sensibilidad. Pero no es así. Cada historia que compartes te deja el alma en carne viva. Y, dan ganas, como insiste el poeta, de «pasar ligero, siempre ligero…».

Hoy me toca subir al Processing Center de la calle Montana a confesar. Digo confesar, aunque la verdad es que lo que buscan los detenidos es tener alguien con quien charlar un rato y desahogar sus penas. Si son varios no puedo extenderme mucho, porque solo me permiten usar el cuarto de entrevistas de 13:00 a 15:00 horas, aunque los de Seguridad son buena gente y me conocen desde hace tiempo y, si me extiendo un rato, hacen la vista gorda. Grevil Antonio nunca falta a la cita. Le gusta platicar y disfruta de la conversación. Yo también. Le digo que casi no nos queda tiempo y se ríe: «Solo quería darte un abrazo y una buena noticia».

– «¿Qué pasa?», le pregunto intrigado.

– «Salgo mañana y me dejan quedarme con mi niña y con mi esposa. Sabes que las historias que contamos ante un juez las dictaminan creíbles o no creíbles. Mi historia, que tú conoces muy bien, la sienten creíble».

Se nos humedecen los ojos a los dos. Todos y cada uno de los detenidos sueñan con que el juez les permita intentar vivir su sueño. He oído tantas veces: «Gracias por todo padrecito, me deportan el próximo martes…» que, cuando sucede el milagro, la alegría te paraliza y no sabes qué decir. Solo lloras y sonríes.

– «Repíteme la dirección de tu iglesia para memorizarla –me pide Grevil–, porque quiero verte allí sin mi uniforme naranja».

Los detenidos son acomodados en barracas vistiendo diferentes colores de uniforme. El azul lo visten los que son considerados de baja peligrosidad. El color naranja indica que has cometido una felonía no muy grave. Intentar ingresar en el país para pedir asilo político por el desierto y no entregándose en la frontera se considera felonía. Los del uniforme rojo son los que consideran más peligrosos.

El sábado a mediodía suena mi teléfono móvil. Es Grevil, está libre y quiere que le dé el horario de Misas del domingo para venir a dar su testimonio a mi gente. Quedamos en la Misa de 12:00 horas y le pido permiso para contaros su historia. Acepta con la condición de que el nombre del protagonista sea el nombre de su hermano, al que tirotearon y mataron en su país hace nueve meses.

La muerte de su hermano y la insistencia de su padre enfermo convencieron a Grevil de buscar nuevos horizontes. Dejo que sea él quien os lo cuente: «Estuve escondido en un pueblecito de Guatemala durante días. Allí me contactó el coyote que, por 4.000 dólares, se comprometió a llevarme hasta la frontera de Ciudad Juárez con EE. UU.. Nos dieron una clave: «Azael». Si algún policía nos paraba, con solo decirla nos dejarían en paz. Fueron 27 días durmiendo en camiones y taxis. Escondido sin saber de mi familia».

Le pregunto si decir la clave no compromete a nadie. Me contesta que la cambian cada día, que no hay problema. Le pido que siga.

«En Ciudad Juárez nos contactaron con otro coyote que, por 600 dólares, nos iba a adentrar a Sierra Blanca. Después de dormir tres días en una nave nos cruzaron. Cuatro días en el desierto derrotan a cualquiera. Un compañero se sentó en una piedra sin poder dar un paso. Los demás, seguimos hasta que el servicio de inmigración nos rodeó y nos detuvo. De allí al Processing Center. Las noches se me hacían interminables pensando en mi esposa y en mi niña. También en mi padre enfermo, ajeno a mi mala suerte. Lo demás lo hemos platicado muchas veces. Cómo un día, por casualidad, me encontré un papelito tirado en el suelo explicando el rezo del rosario. Sabes que me abracé a él como a un salvavidas, y que invitaba a rezarlo todos juntos en la barraca. Cómo el rezar fue calmando mi angustia y llenando de Dios mi soledad. Y cómo, de la nada, resurgió la esperanza».

Le digo que el próximo viernes lo voy a extrañar, que él estará en Carolina del Norte y yo de vuelta en el Processing Center para celebrar la Eucaristía.

– «¿Qué les digo, qué hago, Grevil Antonio?».

– «Haz lo que haces siempre: danos esperanza».

Y nos damos un abrazo interminable. Suspiro profundo tocando el muro con la yema de los dedos al volver a casa. La vida sigue, pero hoy la vida me sonrió y duermo rezando agradecido.

José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)

Artículo publicado en el semanario Alfa y Omega