En este artículo, el agustino recoleto Miguel Ángel Ciaurriz reflexiona sobre la forma de vida del cristiano, acorde a sus pensamientos. Solo viviendo como Cristo seremos verdaderos cristianos

Me llama la atención y me pone a pensar la contundencia con la que Jesús dice que para Dios no todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en su reino.

Con esto, lo que en realidad está diciendo es que, si lo que enseña en sus palabras y aceptamos, no lo llevamos a la vida, es decir, no lo aterrizamos, no lo ponemos en práctica, de nada nos sirve eso de decir ‘Señor, Señor’ y rasgarnos las vestiduras y amontonar en nuestro archivo devociones, invocaciones religiosas y mogollón de observancias piadosas. Esos datos de poco nos servirán para franquear esa puerta que la tenemos siempre abierta para pasar a la vida.

Porque esa puerta se nos abre si mientras peregrinamos por este mundo hacemos, simple y llanamente, la voluntad de Dios. Dios nos conoce y reconoce por eso, por hacer su voluntad. Ese mismo era el alimento de Jesús, su pan de cada día: hacer la voluntad de su Padre (Jn 4,34).

Si nos limitamos a escuchar la enseñanza y Palabra de Jesús quedándonos con que nos gusta mucho y hasta nos parece bonito mensaje, y no ponemos el empeño en hacer que nuestra vida se ajuste a esa enseñanza, entonces es como si estuviéramos construyendo nuestra vida, que es nuestra casa, sobre arenas movedizas que no aguantarían una sola adversidad.

Por el contrario, si cada día nos tomamos tan en serio esa palabra y buscamos la forma de vivirla, de hacer que nuestra vida se ajuste a ella y sea el pan nuestro de cada día, entonces la casa de nuestra vida se construye sobre roca firme que aguanta cualquier tormenta. Ya puede caer toda la lluvia en forma tormentosa que la vida nos depare que nuestra casa aguantará firmemente sostenida y apoyada en esa roca que todo lo resiste.

A la gente le agradaba lo que Jesús enseñaba, veían que hablaba con una autoridad nueva, distinta a la que conocían de los dirigentes y maestros religiosos del pueblo. La autoridad de Jesús radicaba en su coherencia. Sus palabras y sus enseñanzas no eran palabras vacías que el viento se las llevaba. No, eran palabras que él, al vivirlas demostraba que eran la verdad y merecía la pena tomárselas en serio.

Necesitamos nosotros de la coherencia de Jesús. Si lo que afirmamos creer lo viviéramos con cierta radicalidad, nuestra vida sería bien persuasiva para muchos de los que no tienen entusiasmo por llegar a la fe y encontrarse con Jesús, ni les apetece iniciar ese recorrido que no saben bien a dónde les llevará.

La vida de algunos, de bastantes creyentes, lejos de ser persuasiva es disuasoria. Creo que es de Gandhi, de quien se dice que dijo: “Me gusta el Cristo de ustedes. Lo que no me gustan son los cristianos; no se parecen en nada al Cristo de ustedes”. Sólo con el testimonio de una vida cristiana coherente seremos el Evangelio andante de Jesús por nuestro entorno.

Miguel Ángel Ciaurriz OAR

#UnaPalabraAmiga

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios del domingo 22 de junio, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

“Este es el sacramento de nuestra fe” proclama el sacerdote después de la consagración. Este es el corazón de nuestra fe; este es el misterio, es decir, el lugar donde actúa Dios para realizar nuestra salvación. Efectivamente en la eucaristía, actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, memorial de la cena del Señor y anticipo de la plena realización del reino de Dios, se condensa toda la acción salvífica de Dios.

Esta fiesta tiene el propósito de agradecer a Dios el sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz y es medio por el cual quien lo recibe entra en comunión con Cristo y se hace un solo cuerpo místico con él. Pero desde su origen, en el siglo XIII, la fiesta ha tenido también el propósito apologético de defender la comprensión católica del sacramento frente a los que negaban, ya en el siglo XIII, que Cristo pudiera estar real, sustancial y verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados. Esta comprensión, atestiguada hasta en la literatura cristiana más antigua, ha tenido siempre detractores, pues es una convicción que supera toda evidencia sensorial. El propósito apologético de esta fiesta se hizo más agudo, cuando los reformadores protestantes se apartaron de la comprensión católica tanto de la eucaristía como del sacerdocio. Ambos están estrechamente vinculados. Pues solo el poder de Dios puede lograr que el pan y el vino se transformen real y sustancialmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La palabra puramente humana simplemente evocaría, traería el recuerdo de la cena del Señor, pero no sería capaz de hacer presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Iglesia cree, efectivamente, que Jesucristo concedió este poder a la Iglesia y por la acción del Espíritu sigue renovándolo para que se haga operativo por medio de los sacerdotes legítimamente constituidos tales en su estructura apostólica o jerárquica. Este no es un poder humano, sino divino. Por lo tanto, en la fiesta de hoy, junto con la adoración a la eucaristía debe estar también el agradecimiento a Dios por el sacerdocio que la hace posible. Donde no hay sacerdocio válido tampoco hay eucaristía real, hay solo símbolo.

La negación de la presencia real de Cristo en la eucaristía hizo perentorio proclamar su realidad, consistencia y verdad. Este énfasis, a veces unilateral, llevó a descuidar otros aspectos igualmente importantes de este sacramento central de la fe. Hoy el sacramento pasa por una época de trivialización cuando lo despojamos de su sacralidad de múltiples modos en la práctica litúrgica, y quizá los más necesitados de tomar conciencia de lo que la Iglesia cree acerca de la eucaristía seamos nosotros los católicos.

El sacramento recibe diversos nombres. Se llama “santa cena” pues tuvo su origen en la última cena de Jesús con sus discípulos. Este es el nombre usual entre protestantes y evangélicos. Se llama “santo sacrificio de la misa” porque actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz para nuestra salvación. Es nombre de indudable impronta católica. La palabra “misa” o “santa misa”, también de cuño católico, deriva de la despedida final del celebrante, cuando oficiaba en latín, para referirse al envío del sacramento a los enfermos. Se llama “eucaristía”, es decir, “acción de gracias”, porque al instituirlo Jesús dio gracias a Dios por sus dones. Se llama también “fracción del pan”, pues Jesús, al establecerlo durante su última cena, realizó el gesto de partir una torta de pan de harina sin levadura. Estos son nombres de raigambre bíblica.

Hay dos líneas principales de comprensión de este sacramento central de la fe católica. Una línea toma su punto de partida en el hecho de que es una comida, que Jesús la instituyó durante una cena, que evoca las comidas de Jesús durante su ministerio tanto con pecadores, como con amigos y con multitudes. Hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio según san Lucas el relato de la multiplicación de los panes y peces. Es el relato de una comida que Jesús ofrece a una multitud inmensa. Todos quedan saciados, incluso sobran restos a pesar de que toda esa abundancia surgió, por la palabra de Cristo, de unos pocos panes de factura humana. El relato evoca la abundancia del don de Dios, que transforma el alimento humano en pan de vida eterna. Cuando se destaca la eucaristía como comida se acentúan los aspectos de comunión. La santa cena une a quienes comparten el sacramento con Cristo y entre sí. La eucaristía es anticipo del cielo, de la vida eterna, que en el Nuevo Testamento tantas veces se describe con la imagen de un banquete en la presencia de Dios.

La otra línea de interpretación toma su punto de partida en las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino. Hoy hemos escuchado en la segunda lectura el testimonio de san Pablo. Ese es el testimonio más antiguo de cómo en tiempos del apóstol ya se celebraba la misa en las comunidades cristianas. El rito consistió en narrar sobre el pan y el vino lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Jesús declaró que el pan es su Cuerpo que sería entregado al día siguiente a una muerte en cruz y también que el vino es su Sangre que sería derramada para el perdón de los pecados y con la que se establecía la nueva alianza entre Dios y los hombres. Si partimos de las palabras de Jesús, entonces destacamos que en el rito hace presente el único sacrificio de Cristo, con el fin de permitir a quienes lo celebran y consumen participar en la muerte redentora de Cristo y alcanzar así su salvación. El relato del Génesis, cuenta cómo el sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abraham, al inicio de la historia de la salvación ofreció un sacrificio de alabanza y agradecimiento a Dios en la ofrenda de pan y de vino. Ese relato es un anticipo de cómo Jesús sacerdote, al ofrecer su Cuerpo y su Sangre en la cruz, nos trajo la reconciliación.

Tanto el significado de la eucaristía como comida como su significado como sacrificio destacan elementos constitutivos de la fe cristiana. Por eso la eucaristía es el misterio, el sacramento de nuestra fe. Pero la santidad, importancia y eficacia del sacramento deriva de la convicción de que en el pan y el vino se hace presente real y sustancialmente Jesucristo resucitado, por la acción de Dios que actúa a través del ministerio del sacerdote.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

Animamos y convocamos a los hermanos a participar activamente de las Jornadas Espirituales Agustinianas, que se efectuarán en el Desierto de la Candelaria, en las siguientes fechas:


I Tanda: Junio 23 domingo – 29 sábado

II Tanda: Julio 7 domingo – 13 sábado


Agradecemos a todos prepararse para este espacio de trabajo espiritual. Les pedimos CONFIRMAR LO MÁS PRONTO POSIBLE EN SECRETARÍA PROVINCIAL su participación para efectos de organización.

 

La Iglesia celebra este domingo la solemnidad del Corpus Christi. San Juan Pablo II escribió una bonita oración de adoración al Santísimo Sacramento

Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

«Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios» (Jn. 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra fe.

Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.

Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, «camino, verdad y vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo» (Mt. 17,5).

Con esta fe, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra esperanza, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.

Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives «siempre intercediendo por nosotros» (Heb. 7,25).

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta esperanza, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos amar como Tú, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi vida es Cristo» (Flp. 1,21).

Nuestra vida no tiene sentido sin ti.

Queremos aprender a «estar con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración «el amor es el que habla» (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

Creyendo, esperando y amando, te adoramos con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt. 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos «gemidos inenarrables» (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.

Aprendiendo este más allá de la adoración, estaremos en tu intimidad o «misterio».

Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el «misterio» de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de amar y de servir.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.

Juan Pablo II

San Agustín explica de forma sencilla el significado de la Eucaristía en su Sermón 227, dirigido a los recién bautizados. El pan, cuerpo de Cristo mediante la palabra de Dios, es comunión de la Iglesia. En la festividad del Corpus Christi, recordamos su enseñanza sobre el sacramento

Tengo bien presente mi promesa. […] Os había prometido explicaros en la homilía el sacramento de la mesa del Señor, que también ahora estáis viendo y del que participasteis la noche pasada. Debéis conocer qué habéis recibido, qué vais a recibir y qué debéis recibir a diario.

El pan que estáis viendo sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo. El cáliz o, más exactamente, lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo. Mediante estos elementos quiso Cristo, el Señor, confiarnos su cuerpo y su sangre que derramó por nosotros para la remisión de los pecados. Si lo habéis recibido santamente, vosotros sois lo que habéis recibido. Pues dice el Apóstol: Siendo muchos, somos un único cuerpo, un único pan. Es la manera como él expuso el sacramento de la mesa del Señor: Siendo muchos, somos un único cuerpo, un único pan. En este pan se os encarece cómo debéis amar la unidad. Pues ¿acaso ese pan se ha elaborado de un único grano? ¿No eran muchos los granos de trigo? Pero antes de confluir en el (único) pan, estaban separados. Merced al agua se unieron, después de pasar por cierta trituración. En efecto, si el trigo no pasa por el molino y con el agua se convierte en masa, en ningún modo alcanza esta forma que recibe el nombre de pan. De igual modo, con anterioridad también vosotros erais como molidos con la humillación del ayuno y el rito del exorcismo. Llegó el bautismo y el agua: habéis sido amasados para obtener la forma de pan. Pero no existe aún el pan si no hay fuego. ¿Qué significa, pues, el fuego, esto es, la unción con el óleo? El óleo, que alimenta el fuego, es efectivamente signo sagrado del Espíritu Santo. Advertidlo en los Hechos de los Apóstoles en el momento de su lectura. Ahora, en efecto, inicia la lectura de dicho libro; hoy comenzó el libro intitulado Hechos de los Apóstoles. Quien desee progresar tiene cómo conseguirlo. Cuando os congregáis en la Iglesia, dejad de lado las habladurías vanas y estad atentos a las Escrituras. Nosotros somos vuestros libros. Prestad atención, por tanto, y ved por qué medio ha de venir en Pentecostés el Espíritu Santo. Y así es como vendrá: se manifiesta en lenguas de fuego. De hecho, aviva la caridad cuyas llamas nos eleven hacia Dios y nos lleven a despreciar el mundo, quemen lo que de heno hay en nosotros y purifique nuestro corazón como si fuera oro. Llega, pues, el Espíritu Santo -al agua sigue el fuego- y os convertís en el (único) pan que es el cuerpo de Cristo. Y, por ello, en cierto modo se significa la unidad.

Recordáis el orden en que se desarrollan los misterios sagrados. En primer lugar, después de la oración, se os exhorta a tener en alto vuestro corazón. Es lo que procede que hagan los miembros de Cristo. Si, pues, os habéis convertido en miembros de Cristo, ¿dónde se halla vuestra Cabeza? Los miembros tienen su cabeza. Si la Cabeza no hubiese ido delante, los miembros no la seguirían. ¿A dónde se encaminó nuestra cabeza? ¿Qué habéis profesado al recitar el Símbolo? Al tercer día resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, está sentado a la derecha del Padre. Nuestra cabeza está, por tanto, en el cielo. Ésa es la razón por la que, cuando se dice: Levantemos el corazón, respondéis: Lo tenemos (levantado) hacia el Señor. Y para que no atribuyáis a vuestras propias fuerzas, a vuestros méritos, a vuestro esfuerzo el tener el corazón levantado hacia el Señor, dado que es don de Dios el tenerlo en alto, el obispo o el presbítero que hace la ofrenda, tras haber respondido el pueblo: Tenemos el corazón levantado hacia el Señor, prosigue diciendo: Demos gracias al Señor nuestro Dios porque tenemos en lo alto nuestro corazón. Démosle gracias, porque si él no nos hubiese hecho ese don, tendríamos nuestro corazón en la tierra. Y vosotros lo confirmáis diciendo: Es digno y justo que demos las gracias a quien hizo que tengamos el corazón elevado hacia nuestra cabeza.

Luego, tras la santificación del sacrificio de Dios, puesto que él ha querido que también nosotros fuéramos su sacrificio, lo que se mostró allí donde se puso aquella suprema ofrenda a Dios y también nosotros, esto es, el signo de lo que somos, he aquí que, una vez que ha tenido lugar la consagración, recitamos la oración del Señor que habéis recibido y devuelto.

A continuación de ella se dice: La paz esté con vosotros, y los cristianos se intercambian el ósculo santo. Es el signo de la paz. Igual que la muestran tus labios, sea una realidad en tu conciencia. Es decir, igual que tus labios se acercan a los de tu hermano, no se aparte tu corazón del suyo.

Grandes son, pues, estos misterios; muy grandes, en verdad. ¿Queréis saber cómo se nos encarecen? Dice el Apóstol: Quien come el cuerpo de Cristo o bebe el cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y sangre del Señor. ¿En qué consiste ese recibirlo indignamente? En recibirlo con desprecio, en recibirlo con mofa. No lo juzgues algo sin valor por el hecho de ser visible. Lo que ves pasa, pero su significado invisible no pasa, sino que permanece. Ved que se recibe, se come, se consume. ¿Acaso se consume el cuerpo de Cristo? ¿Se consume, tal vez, la Iglesia de Cristo? ¿Acaso se consumen los miembros de Cristo? En ningún modo. Aquí son purificados, allí son coronados. Permanecerá, pues, lo significado, aunque parezca que pasa lo que lo significa. Recibid, pues, (el cuerpo de Cristo) de tal manera que pensar en él equivalga a pensar en vosotros mismos, de modo que mantengáis la unidad en el corazón y tengáis siempre clavado vuestro corazón en lo alto. Que vuestra esperanza no esté en la tierra, sino en el cielo; que vuestra fe esté firmemente asentada en Dios, sea grata a Dios. Puesto que lo que ahora no veis aquí, pero lo creéis, lo habréis de ver allí, donde vuestro gozo no tendrá fin.

San Agustín


Sermón 227

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 16 de junio, Solemnidad de la Santísima Trinida

A lo largo del año litúrgico recordamos y agradecemos las obras con las que Dios realizó nuestra salvación. En primer lugar, en el Triduo Pascual hacemos memoria de la pasión, muerte, sepultura y resurrección de Jesús, y el tiempo pascual concluye con la celebración de Pentecostés. Para prepararnos para la pascua, la Iglesia ha instituido el tiempo de cuaresma, durante el cual hacemos memoria de las principales obras de Dios en el Antiguo Testamento, que jalonaron la historia que condujo hasta Jesús. El otro acontecimiento salvador que marca nuestro año litúrgico es la conmemoración del nacimiento de Jesús en Navidad. La Iglesia nos prepara para celebrar la Navidad con el tiempo del adviento, en el cual reavivamos nuestra esperanza de la próxima venida del Señor en la gloria.

A modo de recapitulación, la Iglesia celebra hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad. Después de recordar y celebrar las obras de Dios, fijamos la atención en Dios mismo. A través de las obras que realizó para nuestra salvación, Dios se nos dio a conocer. Él es el Padre invisible, Dios sobre nosotros, creador de cielos y tierra, que nos ama y guía la historia del mundo y los pueblos en su providencia, hasta que alcancemos la plenitud en Él. Él es el Hijo, enviado del Padre, rostro visible del Padre, que nació como hombre de la Virgen María para nuestra salvación, es el Dios con nosotros, que murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación. Él es Espíritu Santo, Dios en nosotros, que el Hijo resucitado nos comunica de parte del Padre, para que lleguemos a ser hijos de Dios y alcancemos así la vida eterna. Aunque queremos fijar la mirada en Dios como Él es en sí mismo, lo más que podemos hacer es hablar de Dios como Él se nos ha revelado a través de las obras en las que realizó nuestra salvación. Y ¿por qué nos invita la Iglesia a celebrar a Dios en sí mismo? Porque es necesario que agradezcamos sus dones, es necesario alabar su grandeza, es necesario que adoremos su gloria. Es necesario también que proclamemos su amor y que demos testimonio de cómo en Él, en Dios, hemos encontrado sentido, consistencia y plenitud. Vivimos en una sociedad que aparentemente es muy religiosa. Son muy pocas las personas que dicen que no creen en Dios. Pero algunas, aunque dicen que creen en Dios, viven totalmente al margen de Dios. Es decir, Dios no cuenta en lo que hacen día a día.

Otras dicen que creen en Dios, pero Dios es casi una palabra que manipulan a su conveniencia, pues crean religiones, cultos e iglesias según su gusto y beneficio. Y también entre nosotros los católicos, es posible que Dios sea pretexto para actividades de folklore religioso sin consecuencias para la vida de cada día. Vivimos en una sociedad que aparentemente es religiosa, pero damos culto a un Dios trivial. Y a Dios hay que tomarlo en serio.

¿Cuándo sabemos que nos tomamos a Dios en serio? Cuando diariamente tomamos conciencia de que somos responsables ante Él de nuestros actos y ajustamos nuestra conducta y nos vamos corrigiendo para agradarle en todo lo que hacemos. Nos tomamos en serio a Dios, cuando tratamos de conocerlo a través de las obras que Él ha realizado y que están atestiguadas en la Escritura y son el contenido de la fe de la Iglesia. Nos tomamos en serio a Dios, cuando nos preocupamos por saber cuál de todas las ofertas religiosas que se nos presentan es la verdadera, y evitamos esa respuesta tan común de que todas las religiones son iguales porque todas hablan de Dios, y un día participamos con un grupo y al otro día con otro.

Como todos los domingos, hoy también hemos escuchado tres lecturas bíblicas. El pasaje del evangelio, pienso que ha sido elegido, pues habla de la misión del Espíritu Santo en nosotros. Jesús lo promete como fruto de su resurrección. El Espíritu nos comunicará lo que haya oído al Hijo quien a su vez solo habla lo que ha escuchado al Padre. A través de este texto, la Iglesia nos enseña cómo el misterio de la Trinidad se refiere a la intimidad de nuestra relación personal como creyentes con Dios. Conocer y hablar de la Trinidad de Dios no significa adentrarse en especulaciones abstrusas, sino en manifestar la comunión en la que Dios mismo nos introduce cuando su Espíritu habita en nosotros. La Trinidad es el misterio de la comunicabilidad de Dios.

Lo mismo, pero con otro modo de explicar, enseña san Pablo en la segunda lectura. Dios al darnos su Espíritu nos comunica su amor. Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado. Pero esa experiencia del amor de Dios nos consolida en la esperanza de alcanzar la vida eterna. Pues al creer en Cristo, hemos entrado en un ámbito de gracia divina, en el que vivimos. Ese ámbito de gracia en el que vivimos es también el Espíritu que vive en nosotros como regalo de Cristo. Así podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios.

Finalmente, la primera lectura nos invita a descubrir la huella de Dios en la creación. Las cosas del universo, cada una en sí misma y en su relación con las demás, tienen un orden, una estructura, una belleza. Se pueden entender, les podemos descubrir el sentido. Las cosas están articuladas en sí mismas y con la demás con sabiduría. Por eso se ha desarrollado la ciencia, porque no vivimos en un mundo impenetrable y misterioso, sino en un mundo que se deja entender por la mente humana. Y esto es así, porque todo ha sido creado por la Sabiduría de Dios. El pasaje habla de la Sabiduría como si fuera un personaje. Y se describe a sí misma de tal modo, que los lectores cristianos de este pasaje, hemos visto en esa Sabiduría al mismo Verbo de Dios por quien el mundo fue hecho. El Señor me poseía, antes que sus obras más antiguas. Quedé establecida desde la eternidad, desde el principio, antes de que la tierra existiera. Yo estaba junto a él como arquitecto de sus obras, yo era su encanto cotidiano… y mis delicias eran estar con los hijos de los hombres.

Todo esto es motivo para dar gloria a Dios, para alabarlo y adorarlo. Nuestra vida tiene sentido y consistencia en Él. Vivimos en un mundo luminoso y bello. Tenemos una esperanza de plenitud y gloria. Porque Dios es Trinidad que nos ama y nos salva.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 9 de junio, Solemnidad de Pentecostés

La solemnidad de Pentecostés señala la plenitud del tiempo pascual. En Pentecostés celebramos que la Pascua de Jesús se realiza también en nosotros, se nos comunica. Si solo se hubiera dado la resurrección de Cristo y su ascensión al cielo, solo Jesús se habría salvado, solo él habría vencido el pecado y la muerte, solo él obtendría el beneficio. Pero como fruto y consecuencia de su resurrección y ascensión al cielo, Jesucristo comunicó el Espíritu Santo a sus discípulos, y al dárselo, compartió con ellos su propia victoria. Por el don del Espíritu Santo los creyentes quedamos unidos a Cristo y así morimos con él para resucitar con él. El don del Espíritu es la comunicación a los creyentes de la nueva vida del Resucitado.

Veamos cómo lo enseña san Pablo en la segunda lectura de hoy, que es un pasaje de la Carta a los romanos. Pablo comienza con una afirmación tajante: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Quienes viven sometidos a sus pasiones y entregados a sus vicios no pueden agradar a Dios, porque esos tales, con su conducta, se destruyen a sí mismos y destruyen a los demás. Esas pasiones e inclinaciones son la ira, el egoísmo, la lujuria, la codicia, la pereza, la soberbia y otras fuerzas que nos arrastran para realizar acciones que nos destruyen. Y Dios no nos hizo para que nos destruyéramos, sino para crecer en santidad y alcanzar la vida eterna. Por eso, quienes han recibido el Espíritu Santo, dice Pablo, ya no pueden seguir en esa forma de vida. Tienen en sí mismos el principio que los capacita para una vida ordenada y santa. Ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes. Quienes viven en santidad, guiados por el Espíritu, buscan la verdad, son honestos en el trato, son humildes y sencillos, son generosos y saben perdonar, son castos y saben gobernar su sexualidad, actúan con moderación y son diligentes para cumplir con su responsabilidad.

Efectivamente, Jesús, antes de morir en la cruz, en sus enseñanzas últimas a sus discípulos según el evangelista san Juan, instruyó a sus discípulos y les dijo claramente que una vez que él hubiera resucitado, rogaría al Padre para que enviara otro Consolador para estar siempre con ellos. Ese Consolador es el Espíritu de la verdad. El Espíritu Santo no solo es el continuador de la obra de Jesús, es, digamos, el ejecutor de la obra de Jesús en cada uno de los discípulos.

Una consecuencia del Espíritu en nosotros es precisamente la capacitación para una vida recta y santa. Pero la segunda consecuencia, de mucho mayor alcance, es la posibilidad de compartir la misma resurrección de Cristo. Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes. El Espíritu Santo en nosotros es la fuerza capaz de vencer el poder de la muerte en nosotros, es la semilla de vida eterna que nos habilita para resucitar con Cristo cuando nos sobrevenga la muerte corporal.

Pero la fuerza del Espíritu en nosotros no es un poder coercitivo que anula nuestra libertad. El Espíritu Santo nos ha liberado de la esclavitud al pecado y además nos da la fuerza interior para vivir en santidad. Por eso, no somos esclavos de nuestras pasiones de modo que forzosamente debamos vivir en pecado; el Espíritu Santo nos ha liberado de esa esclavitud y nos capacita para vivir en santidad. Pero, por otra parte, el Espíritu Santo tampoco anula nuestra libertad de modo que sea imposible volver a pecar. Es más que evidente que quienes hemos sido bautizados y confirmados podemos dejarnos arrastrar una vez más por las pasiones. No estamos sujetos al desorden egoísta del hombre para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta. Pues, si ustedes viven de ese modo, cierta- mente serán destruidos. Por el contrario, sin con la ayuda del Espíritu destruyen sus malas acciones, entonces vivirán.

Una tercera consecuencia del Espíritu Santo en nosotros es la nueva identidad que nos da como hijos adoptivos de Dios. Puesto que el Espíritu Santo en nosotros nos hace uno con Cristo, nos incorpora espiritualmente a Cristo, nos hace un solo cuerpo con Cristo, unidos a él nosotros adquirimos por participación su identidad como hijos adoptivos de Dios. Los que se dejan guiar por el Espíritu, esos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios. Una consecuencia de esa nueva identidad es que nos convertimos en herederos de la vida eterna que el Padre comparte con sus hijos.

El Espíritu Santo también realiza otras obras en nosotros que no están mencionadas en este pasaje de san Pablo. El Espíritu Santo crea ese ámbito de luz y verdad al que nos incorporamos por el bautismo y ser así miembros de la Iglesia. El Espíritu Santo en nosotros nos capacita para la oración y la comunicación filial con Dios. El Espíritu Santo nos capacita para dar testimonio de Jesús y de su evangelio y ser así anunciadores de la buena nueva. El Espíritu Santo nos fortalece para saber dar testimonio de Jesús incluso en situaciones de adversidad y persecución. En una palabra, el Espíritu Santo realiza la salvación de Cristo en nosotros.

Por eso este es un día de júbilo y de gozo, de alegría y esperanza. Hoy la pascua de Jesús se cumple en cada uno de nosotros, de modo que podamos vivir con la confianza puesta en Dios. Supliquemos siempre al Padre, que, por mediación de su Hijo Jesucristo, envíe sin cesar su Espíritu en nuestros corazones para que podamos vivir cada día como hijos suyos y alcanzar así la resurrección y la vida eterna.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

En el mes de agosto, Fray Teodoro Baztán Basterra, dirigirá los Ejercicios Espirituales Agustinianos a la comunidad de religiosos residentes en la Casa Santa Mónica en Beloso, Pamplona, España. ¡Que trabajo espiritual tan significativo! Dios bendiga su generosidad, Fray Teodoro.

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 2 de junio

La ascensión de Jesús al cielo es parte esencial del misterio pascual. La ascensión tiene dos significados. Según el primer significado, la ascensión destaca el aspecto de glorificación de la pascua de Jesús. Es decir, Jesús al resucitar comenzó a vivir una vida de participación en la gloria de Dios. Volvió a la gloria de la que se había despojado al encarnarse, solo que ahora recupera la gloria también en su condición humana. La resurrección de Jesús no fue como la de Lázaro, o la del hijo de aquella viuda de Naim, o la hija de aquel jefe de la sinagoga llamado Jairo. Cuando Jesús resucitó a estas personas, ellas volvieron a esta vida, a su vida de antes, vivieron unos años más y después murieron definitivamente. La resurrección de Jesús no fue así. Él no volvió a esta vida, a su vida de antes de morir. El recuperó la vida, pero una vida nueva, una vida de gloria, que nunca antes había experimentado en su condición humana. Salió de la tumba a la gloria. Jesús ascendió al cielo el día que salió de la tumba. Cuando Jesús se aparece a María Magdalena, según el relato del evangelista san Juan, le pide que no lo retenga, pues todavía debe subir al Padre, el mismo día de la resurrección. Y cuando Jesús se aparece a los Once, según el evangelista san Mateo, declara que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Quien así habla es Jesús resucitado y glorificado. En el evangelio según san Lucas, el que hemos leído hoy, Jesús sube al cielo el mismo día de la resurrección. El día de la resurrección, Jesús se muestra a sus discípulos, les da instrucciones, luego sale con ellos fuera de la ciudad, y cerca de Betania asciende al cielo.

Pero la ascensión tiene otro significado. San Lucas, al comienzo del libro de los Hechos, hace un resumen del contenido de su primer libro, el evangelio, y dice que allí relató todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que habiendo instruido a sus apóstoles por medio del Espíritu Santo fue elevado al cielo. Pero a continuación dice que, durante cuarenta días, ese Jesús que había subido al cielo se apareció a sus discípulos dándoles pruebas de que estaba vivo y hablándoles del Reino de Dios. Pero a los cuarenta días, tuvo lugar su última aparición. Sus apóstoles lo vieron subir al cielo y dos hombres vestidos de blanco les dijeron: Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto alejarse. La ascensión, situada cuarenta días después de la resurrección por san Lucas, indica el fin de las apariciones del resucitado. De ahora en adelante, Jesús se hará presente en la Iglesia, no como una aparición, sino por el don del Espíritu Santo. De los dos significados de la ascensión, sin duda el más importante es el primero. Los apóstoles recurrieron al salmo 110 para expresar lo ocurrido. Jesús al resucitar se sentó a la derecha de Dios en el cielo, para compartir la soberanía del Padre y disponer todas las cosas para la salvación de los hombres.

Pero el autor de la carta a los Hebreos recurrió a otro pasaje del Antiguo Testamento para desentrañar el significado salvífico de la resurrección y ascensión de Jesús. Él se sirve del capítulo 16 del libro del Levítico donde se describe el ritual que debía cumplir el sumo sacerdote del Templo de Jerusalén, una vez al año, el día de la expiación, para impetrar el perdón de sus propios pecados y los del pueblo. Ese ritual se repetía año tras año, pues no solo el sumo sacerdote y el pueblo volvían a pecar, sino que en realidad el ritual no pasaba de ser una súplica de perdón que debía ser reiterada año con año, hasta que llegara quien pudiera otorgar definitivamente el perdón de una vez por todas. Ese fue Jesús. Según el ritual del Levítico, el sumo sacerdote debía primero sacrificar un novillo por su propio pecado y luego un macho de cabra por el pecado del pueblo. Y con la sangre de esos animales en unas vasijas entraba a los más sagrado del Templo, al recinto más reservado, donde estaba el arca de la alianza, para rociar con la sangre que llevaba en las manos la parte superior del arca, el propiciatorio. Así se pedía y se obtenía el perdón.

Cristo hizo algo parecido, pero no en el templo de Jerusalén, sino en el cielo. Jesús murió en la cruz aquí en la tierra. Ese fue el sacrificio de su vida, mucho mejor y valioso que el sacrificio de un novillo o un macho de cabra. Pero, así como el sumo sacerdote entraba en el recinto más sagrado del templo, así Cristo subió al cielo hasta el mismo Dios, y llevando como quien dice en sus propias manos el testimonio de su sangre derramada, entró hasta el lugar donde está Dios para abrir para sí y para nosotros el camino hasta Él y obtener así el perdón definitivo de los pecados. Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. De hecho, él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo. En virtud de la sangre de Jesucristo, tenemos la seguridad de poder entrar en el santuario, porque él nos abrió un camino nuevo y viviente a través del velo, que es su propio cuerpo. La ascensión de Cristo manifiesta así su significado salvador. En su ascensión nos lleva a nosotros que estamos unidos a él; en su ascensión obtiene para nosotros el acceso a Dios y con ello el perdón de los pecados que nos mantenían ajenos a Dios. La ascensión de Cristo es nuestra santificación.

Pero la ascensión de Cristo no es la conclusión de su obra. Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo volverá como lo han visto alejarse, explican los dos hombres a los apóstoles. La ascensión de Cristo abre el tiempo de la evangelización, el tiempo de la expansión del reino de Dios en la tierra. La ascensión de Cristo abre el tiempo de la Iglesia hasta que él vuelva. Entonces alcanzaremos la plenitud. Entonces se realizará lo que está prefigurado en la ascensión del Señor. Entonces entraremos con él en la gloria para participar para siempre de la gloria sin fin y de la vida eterna. Acerquémonos, pues, con sinceridad de corazón, con una fe total, limpia la conciencia de toda mancha y purificado el cuerpo por el agua saludable. Mantengámonos inconmovibles en la profesión de nuestra esperanza, porque el que nos hizo las promesas es fiel a su palabra.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 24 de mayo

La segunda lectura de este domingo es continuación de la segunda lectura del domingo pasado. Se trata de la misma visión del apóstol, que ve cómo la nueva Jerusalén baja del cielo a la tierra. Esa no es una visión acerca de un futuro lejano, sino que es una visión penetrante de la realidad invisible que Dios ha establecido en la tierra ya desde ahora como fruto de la resurrección de Cristo. Jesús, el Hijo de Dios, es también el Hijo del hombre. Es Dios como el Padre, pero es también humano como todos nosotros, menos en el pecado. Por eso, al resucitar, su humanidad igual a la nuestra ha quedado imbuida y por la gloria de su divinidad. A partir de esa transformación, toda la creación ha quedado igualmente impregnada de gloria, de gracia y divinidad, de manera que la vieja creación marcada por el pecado está superada por la nueva creación marcada por la gracia.

Es más, con el envío del Espíritu Santo, Dios ha abierto en el mundo un ámbito de vida y de gracia. La nueva ciudad de Jerusalén, que el vidente ve bajar del cielo a la tierra, es ese ámbito de gracia que congrega a los creyentes y que por ellos se hace visible en la institucionalidad de la Iglesia. Hace unos años, cuando la telefonía móvil no estaba muy desarrollada, la señal no cubría todo el territorio. Cuando uno salía al área rural, normalmente no había señal, pero uno siempre encontraba que en aquella esquina, o debajo de aquel árbol o sobre aquella roca se podía captar la señal telefónica. Y a veces uno veía varias personas hablando por teléfono reunidas en ese lugar donde había la señal. La señal no se veía, pero el grupo de personas hacía visible el lugar donde estaba la señal. Este es un ejemplo físico y material que sirve de ilustración para entender lo que es la Iglesia. Si el Espíritu Santo es la “señal de Dios”, que baja del cielo, que santifica, vivifica y da vida eterna, allí donde se congregan quienes reciben el Espíritu Santo por la fe y el bautismo, allí se forma la Iglesia, que no nace de la voluntad de los que la forman, sino del don del Espíritu que viene de Dios, y que reciben los creyentes. Por eso decimos que la Iglesia es nuestra madre, porque ese ámbito de gracia invisible que existe en el mundo desde la resurrección de Cristo y el don del Espíritu nos engendra a la vida nueva, nos hace hijos de Dios, nos congrega como Iglesia, nos llama a la vida eterna.

El vidente ve esa realidad espiritual que baja a la tierra y crea ese ámbito de gracia como una ciudad; la llama la nueva Jerusalén. Porque los creyentes en Cristo formamos una comunidad de vida, somos hermanos unos de otros, tenemos por Padre a Dios y por Madre esa Iglesia que nos engendra a la vida. En la Jerusalén antigua, aquella ciudad donde murió Jesús, estaba el Templo, el lugar donde simbólicamente Dios habitaba con su pueblo. En la nueva Jerusalén, que el vidente ve bajar del cielo, no hay templo. Porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el templo. No necesita la luz del sol o de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera. Con otras palabras, Jesús enseña lo mismo en el evangelio: El que me ama cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. Gracias al don del Espíritu Santo en el corazón de cada fiel creyente, el Padre y el Hijo habitan en cada uno de nosotros. El ámbito de gracia que es la dimensión espiritual de la que se forma la Iglesia es el mismo Espíritu de Dios que nos penetra y nos transforma y nos hace templos del mismo Dios Trinidad.

La otra característica notable de la ciudad es la gran muralla que la circunda. Es una muralla llena de puertas; doce en total. Son tres puertas en cada lado de la muralla cuadrada. Son puertas para entrar. Esa ciudad, ese ámbito de gracia, tiene ingreso para todas las personas que quieran entrar. Pero las puertas están custodiadas por ángeles; cada una tiene el nombre de una de las tribus del pueblo de Israel y la muralla se levanta sobre doce cimientos que llevan los nombres de los apóstoles de Jesús. La entrada a la ciudad tiene unos requisitos. Hay que creer en el evangelio anunciado por los apóstoles. La nueva ciudad alberga al nuevo pueblo de Dios que da continuidad al antiguo pueblo de Israel formado por las doce tribus. Los ángeles posiblemente representen a las autoridades de la Iglesia que juzgan la idoneidad y preparación de quienes quieren entrar.

Cuando comenzó la misión evangelizadora de los apóstoles, san Pablo descubrió algo nuevo. Él predicaba inicialmente el evangelio a los judíos en sus sinagogas. Pero quienes acogieron el mensaje de salvación con mayor entusiasmo fueron los gentiles, es decir, los hombres y mujeres extranjeros. Estos eran extranjeros que acogían con simpatía la religión judía y su enseñanza sobre Dios y sus exigencias morales. Pablo no les exigía más que la fe en Cristo para bautizarlos y para que se convirtieran en discípulos. Pero pronto surgió de parte de algunos la oposición y la exigencia de que a esos extranjeros había que hacerlos judíos por la circuncisión, antes de que se hicieran cristianos. La puerta para entrar a la nueva Jerusalén sería bien estrecha, y en vez de tres por cada lado, sería quizá solo una y medio abierta. Para salvarse no bastaba con creer en Cristo, había que hacerse también judío. Cristo solo no sería suficiente. Esta controversia fue causa de un gran debate, y al final se vio que la única exigencia consistente sería el cumplimiento de los mandamientos del Decálogo, pues el cristiano debe tener una conducta moral íntegra.

La Iglesia, pues, es el lugar cierto donde encontramos con seguridad la salvación y donde con certeza se nos comunica el Espíritu Santo. La Iglesia es el ámbito de gracia que Dios ha abierto en el mundo para que sea el lugar donde los creyentes vivamos en comunión con Dios y de unos con otros. Es deber de los cristianos dar a conocer e invitar a quienes no creen en Cristo para que entren a la nueva Jerusalén, por la fe, el bautismo, la confirmación y la eucaristía. Aunque la mano de Dios es generosa para salvar a quien quiera y donde quiera, el único lugar cierto constituido por Dios para otorgar la salvación es la Iglesia de los apóstoles, la Iglesia católica. Hoy las lecturas nos invitan a conocerla en su dimensión interior y espiritual que se hace visible en su organización institucional y visible. Amemos a nuestra Iglesia pues en ella nacemos para la vida eterna y en ella nos hacemos hijos de Dios.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán