En este artículo, Carlos Santana reflexiona sobre la ternura del Papa en distintos ámbitos y con diferentes personas, a partir del libro ‘El Papa de la Ternura’ (Eva Fernández, Planeta 2019)

El 7 de junio de 2013, en la homilía de la misa diaria en la Casa Santa Marta, el papa Francisco dijo una frase que bien podría ser un lema o incluso un eslogan de la fe católica: “El Señor nos ama con ternura”. Para el Papa, esta palabra de siete letras supone una de las bases de su pontificado. Es quizás la mejor encíclica de Francisco, que compone cada día con palabras, sonrisas, abrazos y miradas. Su obra no está escrita, pero es la que llega al corazón de forma más directa.

Aunque la ternura de Francisco no está redactada en un documento (sobre todo porque debería estar actualizándose diariamente), la vaticanista española de la cadena COPE, Eva Fernández, la ha recogido en ‘El Papa de la Ternura’ (Planeta, 2019). No es un libro sobre el Papa. Como dijo en la presentación en Madrid Paloma García Ovejero, exportavoz de la Santa Sede, es un libro para recetar, para leer y releer. Es un manual de vida, de cómo cambiar el mundo a través de pequeños gestos. Así es como evangeliza Francisco.

El libro reúne catorce maneras en las que el Papa transmite la ternura de Dios en distintos ámbitos: con los reclusos de las cárceles, con los abuelos, con los refugiados, con fieles de otras religiones, con los que sufren las injusticias sociales o los deleznables casos de abusos sexuales en la Iglesia. Para todos, siempre tiene una palabra de amor, de comprensión o de perdón. El libro recoge multitud de historias de personas diferentes y diversas que han ‘sufrido’ su ternura. Son momentos que no pasarán a la historia, pero que resultan fundamentales para explicar su pontificado.

Se trata, como Eva Fernández dice en el libro, “el apostolado del ejemplo”. Francisco evangeliza por atracción, predicando en cada acción. Es la actitud evangélica que todos debemos aprender de él a partir de este libro: nada hay más evangelizador que una sonrisa o una caricia, más incluso que las palabras que dirigimos a ese amigo que no cree en Dios. En ese espejo debemos mirarnos todos los cristianos y evaluarnos.

Una de las cosas que más me han sorprendido del libro ha sido descubrir que el Papa no tiene miedo a llorar. La ternura no da miedo. Tenemos que llorar desde el corazón cuando no encontramos respuestas en nuestra cabeza. Llorar como el pequeño Emmanuele, roto en el llanto ante el Papa al preguntarle si su padre, que era ateo y que había fallecido recientemente, estaría en el cielo. La respuesta de Francisco fue teología: “Dios seguramente estaba orgulloso de tu papá, porque es más fácil que siendo creyente se bautice a los hijos que siendo no creyente bautizarlos. Y seguramente esto a Dios le ha gustado mucho. ¿Dios abandona a sus hijos cuando son buenos?”.

‘El Papa de la Ternura’ nos enseña a misericordiar, a poner en práctica la cariñoterapia, sobre todo en las periferias existenciales, allí donde se necesita un gesto de verdadero amor por los demás. Y no hace falta irse a lugares de pobreza, porque todos estamos necesitados de la ternura de alguna persona que nos abrace cuando más lo necesitamos. Y también todos tenemos la misión de ponerla en práctica en nuestro entorno. Solo así llevaremos a cabo la revolución que quiere el papa Francisco para nuestro mundo: la revolución de la ternura.

Carlos Santana

 

Acaba de culminar la I Tanda de Ejercicios Espirituales Agustinianos, en el Desierto de la Candelaria, cuna de la recolección agustiniana, la cual contó con la presencia de 35 religiososAhora se encuetra en pleno desarrollo la II Tanda, la cual inició el 7 y se extendera hasta el 13 de julio. Este año, con la generosa colaboración de la provincia Santo Tomás de Villanueva, está predicando FRAY LUCILO ECHAZARRETA SARABIA, OAR. ¡Buen encuentro espiritual agustiniano!

 

El Prior general ha realizado una llamada al compromiso por el medioambiente, con motivo de la Jornada de Corazón Solidario que este año tiene como tema principal la conversión ecológica.

El medioambiente está sufriendo el aumento de fenómenos, como el calentamiento global, el cambio climático, la deforestación, la escasez de agua o la contaminación de los océanos. Son problemas globales que se deben a la acción del hombre y cuyas consecuencias tienen como principales víctimas a los más necesitados. Incluso el Papa Francisco ha alzado la voz contra estas injusticias en multitud de ocasiones.

Siguiendo esta línea, el Prior general de la Orden de Agustinos Recoletos, Miguel Miró, reclama un cambio en la percepción que cada cristiano y cada religioso tiene hacia el medioambiente, poniendo especial atención a los más necesitados, quienes sufren las consecuencias de los problemas del Planeta. Recordando las palabras del Santo Padre, Miró afirma que “el grito de la Tierra es el grito de los pobres”. Lo ha indicado en un mensaje escrito con motivo de la Jornada de Corazón Solidario 2019, organizada por la Red Solidaria Internacional Agustino Recoleta ARCORES y que este año está dedicada a la conversión ecológica.

En su escrito, el Prior general deja claro que “se hace necesario un proceso de conversión ecológica”, que no esté arraigado en el simple compromiso, sino que “requiere sensibilidad espiritual, discernimiento y apertura para cambiar actitudes y comportamientos”. Se trata de una conversión espiritual, que invite, después de un discernimiento, a renovar actitudes para poner en el centro el cuidado de la Tierra y la creación.

Miguel Miró recuerda que San Agustín, en La Ciudad de Dios, afirma que en la creación se revela la Santísima Trinidad, y añade: “El cuidado de la creación es contemplación de Dios”. Es un gesto de fe cuidar lo que Dios nos ha dejado, e incluso tener visión de futuro. “Las generaciones futuras -urge en su mensaje- están a punto de heredar de nosotros un mundo en ruinas”. Con el objetivo de evitar esto, el Prior general propone abrir el corazón para encontrar a Cristo e “iniciar ese proceso de conversión personal, comunitaria y ecológica”.

Por todo ello, invita a participar en la Jornada de Corazón Solidario 2019 de tres formas. La primera de ellas, uniendo los corazones en la oración. Además, poniendo en práctica, con acciones concretas, los materiales que ARCORES publicará próximamente. Por último, colaborando económicamente con los proyectos solidarios de la jornada.

El Prior general concluye su mensaje pidiendo “que el Señor nos infunda su Espíritu para asumir los compromisos con la Creación que nos plantea el Evangelio de Jesús y nos conceda tener un corazón solidario con los más pobres y necesitados”.

 

El 22 de junio, en el Templo de La Candelaria, Bogotá tuvo lugar los ejercicios espirituales agustinianos, para catequistas de la parroquia Nuestra Señora de la Consolación y otros laicos, coordinado por Fray Jaime Iván Sánchez Gordillo.

 

La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el viernes posterior al II domingo de pentecostés. Todo el mes de junio está, de algún modo, dedicado por la piedad cristiana al Corazón de Cristo. La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, desde que se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo.

 

 

Por: Aciprensa

En este artículo, el agustino recoleto Miguel Ángel Ciaurriz reflexiona sobre la forma de vida del cristiano, acorde a sus pensamientos. Solo viviendo como Cristo seremos verdaderos cristianos

Me llama la atención y me pone a pensar la contundencia con la que Jesús dice que para Dios no todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en su reino.

Con esto, lo que en realidad está diciendo es que, si lo que enseña en sus palabras y aceptamos, no lo llevamos a la vida, es decir, no lo aterrizamos, no lo ponemos en práctica, de nada nos sirve eso de decir ‘Señor, Señor’ y rasgarnos las vestiduras y amontonar en nuestro archivo devociones, invocaciones religiosas y mogollón de observancias piadosas. Esos datos de poco nos servirán para franquear esa puerta que la tenemos siempre abierta para pasar a la vida.

Porque esa puerta se nos abre si mientras peregrinamos por este mundo hacemos, simple y llanamente, la voluntad de Dios. Dios nos conoce y reconoce por eso, por hacer su voluntad. Ese mismo era el alimento de Jesús, su pan de cada día: hacer la voluntad de su Padre (Jn 4,34).

Si nos limitamos a escuchar la enseñanza y Palabra de Jesús quedándonos con que nos gusta mucho y hasta nos parece bonito mensaje, y no ponemos el empeño en hacer que nuestra vida se ajuste a esa enseñanza, entonces es como si estuviéramos construyendo nuestra vida, que es nuestra casa, sobre arenas movedizas que no aguantarían una sola adversidad.

Por el contrario, si cada día nos tomamos tan en serio esa palabra y buscamos la forma de vivirla, de hacer que nuestra vida se ajuste a ella y sea el pan nuestro de cada día, entonces la casa de nuestra vida se construye sobre roca firme que aguanta cualquier tormenta. Ya puede caer toda la lluvia en forma tormentosa que la vida nos depare que nuestra casa aguantará firmemente sostenida y apoyada en esa roca que todo lo resiste.

A la gente le agradaba lo que Jesús enseñaba, veían que hablaba con una autoridad nueva, distinta a la que conocían de los dirigentes y maestros religiosos del pueblo. La autoridad de Jesús radicaba en su coherencia. Sus palabras y sus enseñanzas no eran palabras vacías que el viento se las llevaba. No, eran palabras que él, al vivirlas demostraba que eran la verdad y merecía la pena tomárselas en serio.

Necesitamos nosotros de la coherencia de Jesús. Si lo que afirmamos creer lo viviéramos con cierta radicalidad, nuestra vida sería bien persuasiva para muchos de los que no tienen entusiasmo por llegar a la fe y encontrarse con Jesús, ni les apetece iniciar ese recorrido que no saben bien a dónde les llevará.

La vida de algunos, de bastantes creyentes, lejos de ser persuasiva es disuasoria. Creo que es de Gandhi, de quien se dice que dijo: “Me gusta el Cristo de ustedes. Lo que no me gustan son los cristianos; no se parecen en nada al Cristo de ustedes”. Sólo con el testimonio de una vida cristiana coherente seremos el Evangelio andante de Jesús por nuestro entorno.

Miguel Ángel Ciaurriz OAR

#UnaPalabraAmiga

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios del domingo 22 de junio, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

“Este es el sacramento de nuestra fe” proclama el sacerdote después de la consagración. Este es el corazón de nuestra fe; este es el misterio, es decir, el lugar donde actúa Dios para realizar nuestra salvación. Efectivamente en la eucaristía, actualización del sacrificio de Cristo en la cruz, memorial de la cena del Señor y anticipo de la plena realización del reino de Dios, se condensa toda la acción salvífica de Dios.

Esta fiesta tiene el propósito de agradecer a Dios el sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz y es medio por el cual quien lo recibe entra en comunión con Cristo y se hace un solo cuerpo místico con él. Pero desde su origen, en el siglo XIII, la fiesta ha tenido también el propósito apologético de defender la comprensión católica del sacramento frente a los que negaban, ya en el siglo XIII, que Cristo pudiera estar real, sustancial y verdaderamente presente en el pan y el vino consagrados. Esta comprensión, atestiguada hasta en la literatura cristiana más antigua, ha tenido siempre detractores, pues es una convicción que supera toda evidencia sensorial. El propósito apologético de esta fiesta se hizo más agudo, cuando los reformadores protestantes se apartaron de la comprensión católica tanto de la eucaristía como del sacerdocio. Ambos están estrechamente vinculados. Pues solo el poder de Dios puede lograr que el pan y el vino se transformen real y sustancialmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La palabra puramente humana simplemente evocaría, traería el recuerdo de la cena del Señor, pero no sería capaz de hacer presente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Iglesia cree, efectivamente, que Jesucristo concedió este poder a la Iglesia y por la acción del Espíritu sigue renovándolo para que se haga operativo por medio de los sacerdotes legítimamente constituidos tales en su estructura apostólica o jerárquica. Este no es un poder humano, sino divino. Por lo tanto, en la fiesta de hoy, junto con la adoración a la eucaristía debe estar también el agradecimiento a Dios por el sacerdocio que la hace posible. Donde no hay sacerdocio válido tampoco hay eucaristía real, hay solo símbolo.

La negación de la presencia real de Cristo en la eucaristía hizo perentorio proclamar su realidad, consistencia y verdad. Este énfasis, a veces unilateral, llevó a descuidar otros aspectos igualmente importantes de este sacramento central de la fe. Hoy el sacramento pasa por una época de trivialización cuando lo despojamos de su sacralidad de múltiples modos en la práctica litúrgica, y quizá los más necesitados de tomar conciencia de lo que la Iglesia cree acerca de la eucaristía seamos nosotros los católicos.

El sacramento recibe diversos nombres. Se llama “santa cena” pues tuvo su origen en la última cena de Jesús con sus discípulos. Este es el nombre usual entre protestantes y evangélicos. Se llama “santo sacrificio de la misa” porque actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz para nuestra salvación. Es nombre de indudable impronta católica. La palabra “misa” o “santa misa”, también de cuño católico, deriva de la despedida final del celebrante, cuando oficiaba en latín, para referirse al envío del sacramento a los enfermos. Se llama “eucaristía”, es decir, “acción de gracias”, porque al instituirlo Jesús dio gracias a Dios por sus dones. Se llama también “fracción del pan”, pues Jesús, al establecerlo durante su última cena, realizó el gesto de partir una torta de pan de harina sin levadura. Estos son nombres de raigambre bíblica.

Hay dos líneas principales de comprensión de este sacramento central de la fe católica. Una línea toma su punto de partida en el hecho de que es una comida, que Jesús la instituyó durante una cena, que evoca las comidas de Jesús durante su ministerio tanto con pecadores, como con amigos y con multitudes. Hoy hemos escuchado en la lectura del evangelio según san Lucas el relato de la multiplicación de los panes y peces. Es el relato de una comida que Jesús ofrece a una multitud inmensa. Todos quedan saciados, incluso sobran restos a pesar de que toda esa abundancia surgió, por la palabra de Cristo, de unos pocos panes de factura humana. El relato evoca la abundancia del don de Dios, que transforma el alimento humano en pan de vida eterna. Cuando se destaca la eucaristía como comida se acentúan los aspectos de comunión. La santa cena une a quienes comparten el sacramento con Cristo y entre sí. La eucaristía es anticipo del cielo, de la vida eterna, que en el Nuevo Testamento tantas veces se describe con la imagen de un banquete en la presencia de Dios.

La otra línea de interpretación toma su punto de partida en las palabras que Jesús pronunció sobre el pan y el vino. Hoy hemos escuchado en la segunda lectura el testimonio de san Pablo. Ese es el testimonio más antiguo de cómo en tiempos del apóstol ya se celebraba la misa en las comunidades cristianas. El rito consistió en narrar sobre el pan y el vino lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Jesús declaró que el pan es su Cuerpo que sería entregado al día siguiente a una muerte en cruz y también que el vino es su Sangre que sería derramada para el perdón de los pecados y con la que se establecía la nueva alianza entre Dios y los hombres. Si partimos de las palabras de Jesús, entonces destacamos que en el rito hace presente el único sacrificio de Cristo, con el fin de permitir a quienes lo celebran y consumen participar en la muerte redentora de Cristo y alcanzar así su salvación. El relato del Génesis, cuenta cómo el sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abraham, al inicio de la historia de la salvación ofreció un sacrificio de alabanza y agradecimiento a Dios en la ofrenda de pan y de vino. Ese relato es un anticipo de cómo Jesús sacerdote, al ofrecer su Cuerpo y su Sangre en la cruz, nos trajo la reconciliación.

Tanto el significado de la eucaristía como comida como su significado como sacrificio destacan elementos constitutivos de la fe cristiana. Por eso la eucaristía es el misterio, el sacramento de nuestra fe. Pero la santidad, importancia y eficacia del sacramento deriva de la convicción de que en el pan y el vino se hace presente real y sustancialmente Jesucristo resucitado, por la acción de Dios que actúa a través del ministerio del sacerdote.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

Animamos y convocamos a los hermanos a participar activamente de las Jornadas Espirituales Agustinianas, que se efectuarán en el Desierto de la Candelaria, en las siguientes fechas:


I Tanda: Junio 23 domingo – 29 sábado

II Tanda: Julio 7 domingo – 13 sábado


Agradecemos a todos prepararse para este espacio de trabajo espiritual. Les pedimos CONFIRMAR LO MÁS PRONTO POSIBLE EN SECRETARÍA PROVINCIAL su participación para efectos de organización.

 

La Iglesia celebra este domingo la solemnidad del Corpus Christi. San Juan Pablo II escribió una bonita oración de adoración al Santísimo Sacramento

Señor Jesús:

Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos.

«Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios» (Jn. 6,69).

Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra fe.

Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo.

Contigo ya podemos decir: Padre nuestro.

Siguiéndote a ti, «camino, verdad y vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo» (Mt. 17,5).

Con esta fe, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra esperanza, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo.

Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives «siempre intercediendo por nosotros» (Heb. 7,25).

Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo.

Apoyados en esta esperanza, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos amar como Tú, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres.

Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi vida es Cristo» (Flp. 1,21).

Nuestra vida no tiene sentido sin ti.

Queremos aprender a «estar con quien sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se puede sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración «el amor es el que habla» (Sta. Teresa).

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

Creyendo, esperando y amando, te adoramos con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt. 26,38).

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación.

El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos «gemidos inenarrables» (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra.

En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación.

Aprendiendo este más allá de la adoración, estaremos en tu intimidad o «misterio».

Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el «misterio» de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación.

Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de amar y de servir.

Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre.

Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos.
Amén.

Juan Pablo II

San Agustín explica de forma sencilla el significado de la Eucaristía en su Sermón 227, dirigido a los recién bautizados. El pan, cuerpo de Cristo mediante la palabra de Dios, es comunión de la Iglesia. En la festividad del Corpus Christi, recordamos su enseñanza sobre el sacramento

Tengo bien presente mi promesa. […] Os había prometido explicaros en la homilía el sacramento de la mesa del Señor, que también ahora estáis viendo y del que participasteis la noche pasada. Debéis conocer qué habéis recibido, qué vais a recibir y qué debéis recibir a diario.

El pan que estáis viendo sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo. El cáliz o, más exactamente, lo que contiene el cáliz, santificado por la palabra de Dios, es la sangre de Cristo. Mediante estos elementos quiso Cristo, el Señor, confiarnos su cuerpo y su sangre que derramó por nosotros para la remisión de los pecados. Si lo habéis recibido santamente, vosotros sois lo que habéis recibido. Pues dice el Apóstol: Siendo muchos, somos un único cuerpo, un único pan. Es la manera como él expuso el sacramento de la mesa del Señor: Siendo muchos, somos un único cuerpo, un único pan. En este pan se os encarece cómo debéis amar la unidad. Pues ¿acaso ese pan se ha elaborado de un único grano? ¿No eran muchos los granos de trigo? Pero antes de confluir en el (único) pan, estaban separados. Merced al agua se unieron, después de pasar por cierta trituración. En efecto, si el trigo no pasa por el molino y con el agua se convierte en masa, en ningún modo alcanza esta forma que recibe el nombre de pan. De igual modo, con anterioridad también vosotros erais como molidos con la humillación del ayuno y el rito del exorcismo. Llegó el bautismo y el agua: habéis sido amasados para obtener la forma de pan. Pero no existe aún el pan si no hay fuego. ¿Qué significa, pues, el fuego, esto es, la unción con el óleo? El óleo, que alimenta el fuego, es efectivamente signo sagrado del Espíritu Santo. Advertidlo en los Hechos de los Apóstoles en el momento de su lectura. Ahora, en efecto, inicia la lectura de dicho libro; hoy comenzó el libro intitulado Hechos de los Apóstoles. Quien desee progresar tiene cómo conseguirlo. Cuando os congregáis en la Iglesia, dejad de lado las habladurías vanas y estad atentos a las Escrituras. Nosotros somos vuestros libros. Prestad atención, por tanto, y ved por qué medio ha de venir en Pentecostés el Espíritu Santo. Y así es como vendrá: se manifiesta en lenguas de fuego. De hecho, aviva la caridad cuyas llamas nos eleven hacia Dios y nos lleven a despreciar el mundo, quemen lo que de heno hay en nosotros y purifique nuestro corazón como si fuera oro. Llega, pues, el Espíritu Santo -al agua sigue el fuego- y os convertís en el (único) pan que es el cuerpo de Cristo. Y, por ello, en cierto modo se significa la unidad.

Recordáis el orden en que se desarrollan los misterios sagrados. En primer lugar, después de la oración, se os exhorta a tener en alto vuestro corazón. Es lo que procede que hagan los miembros de Cristo. Si, pues, os habéis convertido en miembros de Cristo, ¿dónde se halla vuestra Cabeza? Los miembros tienen su cabeza. Si la Cabeza no hubiese ido delante, los miembros no la seguirían. ¿A dónde se encaminó nuestra cabeza? ¿Qué habéis profesado al recitar el Símbolo? Al tercer día resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, está sentado a la derecha del Padre. Nuestra cabeza está, por tanto, en el cielo. Ésa es la razón por la que, cuando se dice: Levantemos el corazón, respondéis: Lo tenemos (levantado) hacia el Señor. Y para que no atribuyáis a vuestras propias fuerzas, a vuestros méritos, a vuestro esfuerzo el tener el corazón levantado hacia el Señor, dado que es don de Dios el tenerlo en alto, el obispo o el presbítero que hace la ofrenda, tras haber respondido el pueblo: Tenemos el corazón levantado hacia el Señor, prosigue diciendo: Demos gracias al Señor nuestro Dios porque tenemos en lo alto nuestro corazón. Démosle gracias, porque si él no nos hubiese hecho ese don, tendríamos nuestro corazón en la tierra. Y vosotros lo confirmáis diciendo: Es digno y justo que demos las gracias a quien hizo que tengamos el corazón elevado hacia nuestra cabeza.

Luego, tras la santificación del sacrificio de Dios, puesto que él ha querido que también nosotros fuéramos su sacrificio, lo que se mostró allí donde se puso aquella suprema ofrenda a Dios y también nosotros, esto es, el signo de lo que somos, he aquí que, una vez que ha tenido lugar la consagración, recitamos la oración del Señor que habéis recibido y devuelto.

A continuación de ella se dice: La paz esté con vosotros, y los cristianos se intercambian el ósculo santo. Es el signo de la paz. Igual que la muestran tus labios, sea una realidad en tu conciencia. Es decir, igual que tus labios se acercan a los de tu hermano, no se aparte tu corazón del suyo.

Grandes son, pues, estos misterios; muy grandes, en verdad. ¿Queréis saber cómo se nos encarecen? Dice el Apóstol: Quien come el cuerpo de Cristo o bebe el cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y sangre del Señor. ¿En qué consiste ese recibirlo indignamente? En recibirlo con desprecio, en recibirlo con mofa. No lo juzgues algo sin valor por el hecho de ser visible. Lo que ves pasa, pero su significado invisible no pasa, sino que permanece. Ved que se recibe, se come, se consume. ¿Acaso se consume el cuerpo de Cristo? ¿Se consume, tal vez, la Iglesia de Cristo? ¿Acaso se consumen los miembros de Cristo? En ningún modo. Aquí son purificados, allí son coronados. Permanecerá, pues, lo significado, aunque parezca que pasa lo que lo significa. Recibid, pues, (el cuerpo de Cristo) de tal manera que pensar en él equivalga a pensar en vosotros mismos, de modo que mantengáis la unidad en el corazón y tengáis siempre clavado vuestro corazón en lo alto. Que vuestra esperanza no esté en la tierra, sino en el cielo; que vuestra fe esté firmemente asentada en Dios, sea grata a Dios. Puesto que lo que ahora no veis aquí, pero lo creéis, lo habréis de ver allí, donde vuestro gozo no tendrá fin.

San Agustín


Sermón 227

 

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