El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 21 de julio

El relato evangélico de hoy es exclusivo de san Lucas. Solo él nos cuenta este episodio. Jesús sigue su camino hacia Jerusalén, y un día se hospeda en casa de unas hermanas, Marta y María. Este par de hermanas también son conocidas en el evangelio según san Juan. Las diferencias principales son dos. En el evangelio según san Juan, las hermanas viven muy cerca de Jerusalén, y aquí parece que Jesús todavía debe caminar un tramo largo hasta llegar a la ciudad santa. La otra diferencia es que en san Juan, Marta y María tienen un hermano, Lázaro, que en este relato no aparece. Por otra parte, los dos relatos son muy diferentes en contenido y ningún relato hace la menor alusión al otro. En ambos casos, parece que Jesús es amigo de la casa.

En el relato que se nos ofrece hoy para la reflexión, Marta parece ser la que administra la casa. Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Es cosa de ella sola. Pero enseguida nos enteramos de que Marta tiene una hermana, llamada María. Desde el primer momento de la llegada de Jesús, María adopta la actitud y la postura física del discípulo. Se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra. Marta, por su parte se ocupa de todo el servicio de la casa y hasta se queja con Jesús de que María la haya dejado sola y tiene la osadía de pedirle a Jesús que le diga que se levante y se ponga a trabajar. Era como decirle a Jesús: “Mira, hay mucho que hacer, y ahí está mi hermana perdiendo el tiempo escuchándote, cuando yo la necesito para que me ayude a preparar las cosas que sí cuentan y se ven para atenderte bien a ti y a tus discípulos”. La respuesta de Jesús es el corazón de la enseñanza de este pasaje: Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. María no “pierde el tiempo” escuchando a Jesús. Todas las ocupaciones y faenas en torno a las necesidades temporales, incluso atender a Jesús para que se sienta bien servido y acogido, son preocupaciones secundarias en relación con lo único importante que hay: escuchar la palabra de Jesús y ponerla en el corazón.

Uno podría comparar este pasaje con otras palabras de Jesús que van en la misma dirección. Por ejemplo, más adelante en este mismo evangelio, Jesús va a enseñar: No se inquieten pensando qué van a comer para poder vivir, ni con qué vestido cubrirán su cuerpo. Porque la vida es más importante que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Ustedes no se inquieten buscando qué comerán o qué beberán. Por todo eso se inquieta la gente del mundo, pero su Padre ya sabe lo que necesitan. Busquen más bien su reino, y él les dará lo demás (Lc 12, 22-23.29-31). Ahora, ¿cómo es posible no preocuparse o incluso descuidar la comida y el vestido, es decir, la atención a las necesidades primarias de la vida para escuchar la Palabra de Jesús? ¿No se nos acusaría no solo de haraganes, sino también de indolentes ante las necesidades de los demás? ¿No habría que buscar un modo de acomodar la urgencia de ocuparse de las necesidades temporales con la dedicación a la escucha de la Palabra de Dios? En la práctica de la vida cristiana, siempre ha habido personas que se dedican por entero a la meditación de la Palabra de Dios y a la oración. Pero esas personas también han tenido que dedicar tiempo para trabajar y ganarse el pan. El fundador del monaquismo, san Benito, puso como consigna a sus monjes el lema “ora y trabaja”. La práctica nos da un criterio para entender la palabra de Jesús.

En realidad, no se trata de alternativas: o me dedico a trabajar o me dedico a orar. La palabra de Jesús a Marta tiene otro alcance y responde a otra pregunta: ¿para qué vivimos? ¿Es el trabajo y la preocupación por satisfacer las necesidades de este mundo lo más importante, lo único importante? ¿Nacimos solo para trabajar? ¿Se agota el sentido de la vida en ganarse el pan? ¿Cuál es la necesidad verdaderamente importante y el fin que debe guiar nuestra vida? Jesús con su enseñanza nos orienta para poner orden y prioridades en nuestra vida. Hay necesidades más importantes que las primarias corporales de comer y vestirse. Hemos nacido y vivimos para Dios; alcanzamos la recta actitud en la vida cuando nuestro propósito se encamina a Dios: a escuchar la Palabra de Jesús su Hijo, a conversar con él en la oración. Descubrimos la verdadera consistencia en la vida cuando sabemos que lo único importante es Jesús y el Reino de Dios. Esa es la perla que merece la pena que uno venda todo para adquirirla; ese es el tesoro enterrado en un campo que merece que sacrifiquemos todos los otros bienes para adquirir el campo y poseerlo (cf. Mt 13,44-46). María ha elegido la mejor parte, y nadie se la quitará.

Cuando Jesús dice no se inquieten pensando qué van a comer para poder vivir, ni con qué vestido cubrirán su cuerpo, o cuando le reprocha a Marta que anda inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria, no está invitando a la holgazanería ni a vivir de limosna. Está invitando con urgencia a abrir el horizonte de nuestras referencias fundamentales a Dios y su Palabra. La existencia humana no se acaba y agota en el círculo de las necesidades temporales, sino que nuestra plena realización comienza a darse cuando lanzamos la mirada hasta el cielo.

Vivimos en una cultura que cada vez más se cierra en sí misma y considera real solo las cosas y los acontecimientos que se dan en este tiempo y en este mundo. Jesús nos invita a alzar la mirada más allá, a trascender el horizonte de lo temporal y mundano para anclar nuestra existencia en la eternidad de Dios. Eso no significa descuidar las cosas de este mundo; eso significa saber ordenar nuestra vida para orientarla hacia las realidades que le dan consistencia. Y esto se aplica no solo en el ámbito de lo personal, sino también de lo pastoral. Hacer que la preocupación por solucionar las desigualdades e injusticias de nuestra sociedad sea el eje de la pastoral de la Iglesia desfigura el evangelio y deja insatisfecho el deseo del corazón humano de encontrar sentido y plenitud. La acción evangelizadora de la Iglesia alcanza su meta cuando anunciamos, incluso a los más necesitados de comida, vestido, salud y vivienda, que la necesidad suprema es Dios. La caridad socorre ambas necesidades, no solo las visibles. Una sociedad que ha encontrado sentido de vida en Dios se esforzará, en consecuencia, en ser más justa e incluyente. Eso enseña Jesús hoy.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 14 de julio

Una de las grandes preguntas que nos hacemos los humanos, cuando tomamos en serio la vida, es qué debo hacer para que mi vida alcance consistencia, sentido, felicidad. Qué debo hacer para construirme como persona. Qué debo hacer para que, al cabo de los años, el tiempo de mi vida haya valido la pena. Nos planteamos esas preguntas, pues ninguno de nosotros está programado. Nadie nace, como los personajes del teatro y del cine, con las palabras y las acciones escritas de antemano. Nuestra vida se nos presenta como una página en blanco. Tenemos que imaginarnos lo que queremos ser, y debemos tomar decisiones y actuar en consecuencia. Muchas veces somos inconscientes y nos dejamos llevar de modas, costumbres, lo que otros digan. Muchas veces tomamos decisiones a la carrera y sin premeditación y nos equivocamos y cometemos errores.

Para saber cómo vivir, cómo actuar, necesitamos algunos criterios que nos indiquen qué acciones nos construyen como personas y nos ayudan a convivir con los demás o por el contrario qué acciones nos destruirán personalmente y arruinarán la convivencia humana. Esos son los mandamientos morales. Dios se preocupa de darnos esos mandamientos, pues como él nos creó para la vida, él está interesado en guiarnos hacia la plenitud para la que nos creó. Ese camino lo hacemos a través de acciones constructivas y buenas. Los mandamientos que Dios nos da también podemos descubrirlos con nuestro pensamiento y razón, aunque con más dificultad. Pues las normas morales se pueden deducir de lo que somos, de nuestra naturaleza personal y de la naturaleza de la convivencia humana. Por eso, dice Dios hoy en la primera lectura: Estos mandamientos que te doy no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance.

En cierta ocasión, nos cuenta el evangelio, un doctor de la ley, un hombre estudioso de la Palabra de Dios y conocedor también de corazón humano le hizo a Jesús la gran pregunta: Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Aunque al parecer el hombre era ya adulto, esa pregunta es una pregunta juvenil, de un corazón inquieto. Porque preguntar por el modo de conseguir la vida eterna es preguntar por el modo de alcanzar la felicidad y la plenitud. Jesús le responde con otra pregunta, como para hacerle ver que él mismo tiene la respuesta. Que las cosas que hay que hacer para alcanzar la plenitud y la felicidad no son recónditas y difíciles de hallar. No están en el cielo, de modo que pudieras decir: ¿quién subirá por nosotros al cielo para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos? Ni tampoco están al otro lado del mar, de modo que pudieras objetar: ¿quién cruzará el mar por nosotros para que nos los traiga, los escuchemos y podamos cumplirlos? Por el contrario, todos mis mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, para que puedas cumplirlos. Por eso, Jesús, sabiendo que el doctor era muy conocedor de la Biblia, lo invitó a descubrir él mismo en la Palabra de Dios el camino de la vida. ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

El doctor de la ley acierta: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo. Y Jesús aprobó la respuesta del doctor. Has contestado bien; si haces eso, vivirás. Efectivamente, la guía suprema de nuestra acción tiene que ser el propósito de agradar a Dios y buscar su voluntad siempre y el criterio de nuestra conducta con el prójimo es la de buscar lo que le aprovecha, lo que lo ayuda a crecer y a construirse del mismo modo como lo hacemos nosotros mismos. El resto de los mandamientos están motivados por ese propósito.

Pero el letrado, que quizá no había cumplido lo que sabía, no había vivido plenamente de acuerdo con esos mandamientos, quiso cubrir sus deficiencias aduciendo ignorancia. Por eso preguntó, ¿y quién es mi prójimo? Utilizamos la palabra “prójimo” para referirnos a las personas en medio de las cuales vivimos. La palabra está relacionada con el adjetivo “próximo”. Prójimo serán las personas que están cerca de nosotros, que son próximas. Prójimos son en primer lugar los miembros de nuestras familias, prójimos son los hermanos que comparten la misma fe en Cristo, prójimos son los amigos, los compañeros de estudio y de trabajo, prójimos son los paisanos, los que somos del mismo pueblo o país. Nos sentimos con mayores obligaciones hacia los que están más cerca de nosotros. La cercanía ya está establecida de antemano por los vínculos de sangre y familia, de fe, de amistad, de nacionalidad. Prójimo es el que me está cerca por una de esas razones. Y ese es el sentido original del mandamiento amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Jesús entonces cuenta la parábola del buen samaritano. Es una parábola, hasta cierto punto, revolucionaria. Jesús le cambia el sentido a la palabra “prójimo” y nos invita a entrar en una nueva dinámica de vida como humanos. Acabamos de escuchar los detalles de la historia. Al finalizar el cuento, Jesús le hace al doctor de la ley una pregunta bomba: ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? Según el sentido original de la palabra “prójimo”, el hombre asaltado en el camino no era prójimo de ninguno de los tres; era un perfecto desconocido. El sacerdote y el levita no lo reconocieron como prójimo, como cercano, y pasaron de largo. Pero el samaritano hizo otra cosa: se acercó a él, lo curó y lo cuidó. Lo hizo su prójimo. Prójimo no es solo el que está cerca por razones de parentesco, religión o nacionalidad. Prójimo es también aquel a quien yo me acerco en su necesidad. Jesús dinamita el sentido original de la palabra “prójimo” y le da la vuelta al sentido. La cercanía no solo viene dada de antemano; también se puede crear por la compasión y la misericordia. Gracias a esta comprensión los cristianos que nos precedieron han sido capaces de introducir una nueva dinámica en las relaciones humanas para acercarse al que es diferente, al pobre, al desconocido, al que sufre y superar así enemistades, discriminaciones y prejuicios que entorpecen y desfiguran el trato entre las personas. Que nosotros, cristianos de hoy, también tengamos la capacidad de seguir acercándonos para hacer prójimo nuestro al que sufre y espera. Este modo de actuar es camino que construye y por eso es camino de la vida eterna, el camino de santidad, camino de felicidad, camino de plenitud.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

Marisa T. Bernasor, augustinian recollect sister, concluyó hace semanas sus estudios de piano en Filipinas. Ha sido la primera religiosa de esta Congregación en estudiar esta titulación. Enseñando a otras hermanas sus pocos conocimientos en música, descubrió que necesitaba profundizar y poner sus cualidades al servicio de la comunidad

Solo basta un minuto de conversación con la hermana Marisa T. Bernasor, augustinian recollect sister, para descubrir que siente una enorme pasión por la música. “Una puede entrar en el corazón de la persona a través de la música”, dice. Quizás sea el mejor resumen de su historia. Esta religiosa filipina concluyó recientemente sus estudios de piano en el conservatorio de música de la Universidad de Santo Tomás, en Manila.

Ha sido la primera religiosa de la  Congregación que cursa estos estudios. No había precedentes, aunque para ella esto no ha sido un impedimento. Y es que entiende la música como parte de su vocación. “Considerando el tipo de vida que he abrazado, estoy convencida de que uno de los objetivos de mi vida es inspirar a los que tengo a mi lado a través de la música”, afirma. Este don artístico se lo debe a sus padres, Candido y Jovita.

Antes de estudiar tenía cualidades. Enseñaba música coral a las hermanas, aspirantes y estudiantes. Fue enseñando cuando descubrió que necesitaba aprender para así poder dar más. “Entendí que tenía que estudiar para poner obtener algo que posteriormente pudiera dar a los demás”, indica.

La superiora de su comunidad, la hermana Antonietta V. Castañares, apoyó esta idea. Ambas dirigieron su propuesta a la superiora general, que que consideró oportuno que la hermana Marisa cursara la carrera de piano. Agradecida, dice: “Doy gracias al Señor por la superiora general y la superiora de la comunidad, por que me abrieron el corazón y la mente para prepararme para ser más productiva”.

El camino fue largo. Comenzó sus estudios, en los que nunca se sintió extraña. “Siendo religiosa, no se me ocurrió -asegura- sentirme extraña tocando el piano”. Fueron cuatro años de trabajo y estudio. “Con la gracia y la misericordia de Dios, pude concluir los estudios”. Hasta ese momento, solo había tocado el órgano eléctrico. Tocar el piano era absolutamente diferente. Aunque esto no fue lo más difícil. Su reto: “encontrar un equilibrio en todos los ámbitos: oración, vida comunitaria y estudios”.

La culminación fue el recital que realizó con motivo de su graduación. En su muestra interpretó la Sinfonía nº 6 en E mayor de Bach, Op. 740 de Czerny, Sonata nº 18 en E mayor de Haydn, y una pieza española de Granados. Fue su profesor quien eligió su repertorio. “Consideró mi capacidad y mi tiempo para ensayar”, explica. Tenía “un 75 por ciento de nerviosismo”, pero encontró la clave: “Todo mi ser lo entregué a Dios para que me dirigiera”.

A partir de ahora, la hermana afirma que se enfrenta a un “desafío”. “Debo devolver a Dios lo que me ha dado, a través de un servicio amoroso de la Iglesia mediante la congregación”, dice. Y es que a partir de ahora disfrutar de dos de sus pasiones juntas: la Eucaristía y la música. “El centro de la Eucaristía es la música y el canto; podré ayudar en cada celebración con mi música”, dice entusiasmada.

 

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 30 de junio

Hoy reanudamos la lectura dominical del evangelio según san Lucas en un punto importante y significativo de esa obra.  Los evangelistas organizaron sus relatos sobre la vida de Jesús según esquemas de redacción propios.  Mateo, Marcos y Lucas escriben que Jesús, después de su bautismo, regresó a Galilea y se mantuvo allá durante todo su ministerio.  Volvió a Jerusalén solo una vez más, al final de su ministerio en Galilea y los territorios paganos al norte de Galilea.  Ese viaje a Jerusalén concluyó con su muerte y resurrección.  San Lucas destaca el momento en que Jesús toma la decisión de ir a la ciudad santa, y por casi nueve capítulos da a entender que Jesús está de viaje hacia allá.  Por eso, esta sección de su evangelio ha recibido el nombre de “el gran viaje”. 

Esto no es un mero artificio literario, sino que corresponde a una realidad de la vida de Jesús.  Él siempre tuvo claro que el final de su vida debía tener lugar en Jerusalén, la ciudad santa donde estaba el Templo, donde David y los reyes de Judá habían tenido su trono.  El concentraba en su persona la tradición del sacerdocio para convertirse en el Sumo Sacerdote de la nueva alianza con su muerte en la cruz; y la tradición del mesianismo davídico, para convertirse en el Mesías Hijo de Dios, que inicia el Reino de Dios en la tierra.  Él había venido a morir y ofrecer su vida en sacrificio para el perdón de los pecados; él había venido para resucitar y manifestarse como el Mesías, el Rey de Israel que da la vida al mundo.  Esos acontecimientos tenían que suceder en Jerusalén.  Al tener muy clara su misión, su vida se le convirtió en un “camino” hacia Jerusalén, un camino que además era cumplimiento de la voluntad del Padre sobre él; un camino que él realizaba con la fuerza del Espíritu que lo había ungido.

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén, dice el inicio del pasaje de hoy.  Fijémonos que el evangelista no dice que cuando se acercaba el tiempo en que tenía que morir, sino el tiempo en que tenía que salir de este mundo.  Pues Jesús no ve su propia muerte como un término, sino como un paso hacia Dios.  Él sale de este mundo para ir a Dios, para subir al Padre.  Este modo propio de Jesús de asumir su vida y su desenlace final también nos enseña el modo cómo nosotros mismos debemos asumir nuestra vida.  Jesús asume su vida como una misión, como una vocación, como una tarea que debe cumplir, aunque se interpongan personas que lo quieren impedir.  El pasaje no lo dice claramente, pero esa obediencia de Jesús a su vocación es una obediencia a Dios.  Jesús nos enseña a vivir atentos a la voluntad de Dios sobre nosotros, a discernirla y seguirla.

En su camino a Jerusalén debe pasar por Samaria.  Los samaritanos se oponen.  Entran en juego los conflictos étnico-religiosos de la época.  Los samaritanos se convierten, sin quererlo, en obstáculo para que Jesús cumpla su misión; no le quieren dar paso.  Los discípulos hermanos Santiago y Juan quieren pedir a Dios que ejecute el juicio de condenación enviando fuego que devore a los samaritanos inhóspitos.  Pero Jesús, que sabe cuánta adversidad tendrá que padecer todavía, deja el juicio a Dios, reprende a sus discípulos por su precipitación, y se dirige a otro lugar.

De camino, Jesús encuentra a tres hombres.  El primero y el tercero piden que Jesús les autorice a seguirlo; el segundo recibe una invitación de Jesús para que lo siga.  Se trata del seguimiento pleno, del que debe dejar familia, casa, pueblo, bienes, para caminar tras Jesús y colaborar con su misión.  La respuesta que Jesús da a cada uno de los tres hombres describe en primer lugar las características de su propia vocación.  Al tercero que le había pedido ir a despedirse de sus padres le responde:  El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.  Efectivamente, Jesús pospuso sus lazos familiares, sus vínculos con su lugar de origen, para cumplir su misión de anunciar la llegada del Reino de Dios.  La actitud de Jesús contrasta con la del profeta Elías, que permitió a Eliseo despedirse de sus padres, como lo narró la primera lectura.  Las pocas veces que Jesús se refiere a su familia e incluso a su madre, lo hace tomando cierta distancia, como para decir que su obligación primera la tiene hacia el Padre Dios.  Al segundo, que le pide esperar hasta que su padre muera y cumplir con él el deber de hijo, le responde:  Deja que los muertos entierren a sus muertos.  Tú ve y anuncia el Reino de Dios.  Uno de los grandes deberes derivados del cuarto mandamiento es el de enterrar a los padres dignamente.  Jesús parece ignorarlo.  Esta es una de esas sentencias de Jesús que cuesta trabajo entender en su literalidad.  Pero indica que el anuncio del Reino es una misión que está por encima de todas las otras obligaciones que uno pueda tener ante Dios y los hombres.  Al primero, que ofrece seguirlo a donde quiera que Jesús fuese le responde:  Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en donde reclinar la cabeza.  Jesús asumió una vida de predicador itinerante.  Se hospedaba donde lo acogían, caminaba de lugar en lugar. A diferencia de los animales que tienen sus nidos, guaridas y madrigueras, a diferencia de las personas que normalmente tienen una casa donde viven estables con su familia, él asumió una vida de itinerancia; él no tenía morada fija aquí.  Su casa era su Padre del cielo.  Esos son los rasgos que caracterizan al mismo Jesús en el desempeño de su misión, esos son también los rasgos que él pide a quienes quieren convertirse en sus colaboradores en el anuncio del Reino. El evangelista no nos dice qué pasó con los tres hombres, si finalmente siguieron a Jesús o desistieron ante semejantes exigencias. El interés del relato está en las sentencias de Jesús, no en los que pudo suceder con ellos.

Estas exigencias de Jesús asustan todavía hoy a quienes consideran si su vocación no será quizá la de consagrarse al Reino y colaborar a tiempo completo con Jesús como sacerdote. Pienso que el acento hay que ponerlo no en la radicalidad de las privaciones y negaciones, sino en la radicalidad y primacía del Dios y su Reino. Al que quiere colaborar con Jesús en el anuncio del Reino, pero también a el que quiera seguir a Jesús, se le pide que tenga como referencia primera y total al mismo Dios.  Las otras obligaciones y responsabilidades, incluyendo las familiares, deben encontrar acomodo en ese contexto.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

 

Del 17 al 20 de junio, en el Colegio Agustiniano Norte, se realizó VI Congreso Nacional de Pastoral Vocacional, de la Arquidiócesis de Bogotá, con la participación de algunos obispos de Colombia; se realizaron conferencias talleres, con el fin de promover a partir de las conclusiones del Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, un mensaje esperanzador a quienes animan y acompañan las vocaciones en las diversas comunidades religiosas y diócesis del país.

 

El sábado 15 de junio los Misioneros Laicos Agustino Recoletos, MILAR, realizaron su segunda jornada de formación en la Curia provincial, coordinado por Fray Juan de Dios Tibocha Restrepo y ayudado por Luis Alejandro Sepúlveda Sotaquira, el próximo encuentro de formación será el 6 de julio en Tagaste, orientado por Fray Diego Montoya Naranjo.

¡Animo, siempre adelante, poniendo su labor en las manos de Dios!

 

En aras de apoyar los procesos de crecimiento espiritual y reflexión personal y familiar de las comunidades que orientan; la Universitaria Agustiniana, presenta el libro SEÑOR, NADA SIN TI de Fray Enrique Eguiarte Bendimez OAR, en esta obra se brindan breves reflexiones para comenzar y terminar el día, buscando un acercamiento a Dios. Quienes deseen adquirir esta herramienta lo pueden conseguir en la tienda de la Universitaria Agustiniana o en el teléfono 4193200 ext 1083.

Los jóvenes en formación de Filipinas celebran desde el domingo la 12ª Convención de Formandos Agustinos Recoletos en la que se les pide especialmente su compromiso como misioneros

¿Qué le pide la Orden de Agustinos Recoletos a los jóvenes que desean hoy entregar su vida a Cristo? Para responder y explicar esta pregunta, la Provincia San Ezequiel Moreno (Filipinas, Taiwán, Indonesia y Sierra Leona) celebra desde el domingo la 12ª Convención para Formandos Agustinos Recoletos, en la que participan todos los jóvenes en proceso de formación para ser religiosos.

El encuentro, que se celebra en la casa de formación Mira Nila, comenzó el Domingo de Pentecostés, en el que se celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Precisamente por este motivo, el Prior provincial, Dionisio Selma, presidió la primera eucaristía en la que los jóvenes en formación renovaron los votos realizados en la profesión simple. Selma afirmó que estos votos se realizan y se renuevan «por amor a Dios y a su pueblo» y no «por limitaciones externas ni necesidades internas».

Previamente, el Prior provincial pidió a los jóvenes religiosos, que pronto dirán su sí definitivo a Cristo, su compromiso como misioneros. «Necesitamos misioneros, necesitamos tu compromiso continuo con la Orden», dijo. Asimismo, pidió a los religiosos que se tomen en serio la formación y que den a los demás jóvenes un testimonio auténtico que demuestre que «esta vocación, aunque nunca es fácil, merece la pena vivirla».

Durante estos días, los religiosos en formación recibirán ponencias sobre el carisma agustino recoleto impartidas por Joseph Philip Trayvilla o Romel Rubia, entre otros.

Para algunos de ellos, éste será el encuentro previo al mes de formación para la profesión solemne, organizado por el Secretariado General de Espiritualidad y Formación y que comenzará en España el próximo 17 de junio.

 

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El 8 y 9 de junio en la Parroquia San Nicolás y Colegio Agustiniano Norte, se llevó a cabo el encuentro de Pentecostés, con los jóvenes vocacionales de la zona centro. Coordinado por los Frailes Andrés Aguilera Romero, Jhon Eduard Olarte Murillo y apoyados por Fray Jeison Javier Barrios Simancas. ¡Buena experiencia en el Espíritu Santo! 

 

 

 

¿Tiene sentido que la Iglesia esté presente en el mundo de la educación? El agustino recoleto Antonio Carrón reflexiona sobre la labor de los centros educativos católicos en el contexto actual

Según los datos del Anuario estadístico de la Iglesia Católica, hay 73.580 escuelas maternas con 7.043.634 alumnos; 96.283 escuelas primarias con 33.516.860 alumnos; 46.339 escuelas secundarias con 19.760.924 alumnos; 2.477.636 en escuelas superiores y 2.719.643 estudiantes universitarios. En total, más de 65 millones de alumnos en centros educativos católicos en todo el mundo, con otros tantos docentes y personal de administración y servicios también implicados en este proceso.

No dejan de faltar voces críticas sobre la presencia de la Iglesia en el mundo de la educación. Unos hablan de adoctrinamiento, otros de usurpación de puestos de trabajo e, incluso, de enriquecimiento. Sin entrar a valorar estas críticas, normalmente injustificadas, sí es necesario centrar el debate en el tema de fondo: ¿cuál es la razón fundamental de la presencia de la Iglesia en el mundo de la educación? O, mejor: ¿cuál es la misión de la Iglesia en el mundo de la educación? La respuesta no ofrece ninguna duda: el objetivo de la presencia de la Iglesia en el mundo de la educación es evangelizar. Y éste es, precisamente, el criterio que nos puede ayudar a discernir cuándo la acción educativa de la Iglesia está bien orientada y cuándo no. Para la Iglesia educar no puede consistir sólo transmitir conocimientos. Si nos quedáramos en eso, sí podrían llegar a tener cabida algunos de esos planteamientos críticos. Pero la esencia de la misión de la Iglesia es la evangelización y, entre otros, uno de los medios de los que se sirve es la presencia en el mundo de la educación. Y evangelización en sentido amplio: educación formal y educación no formal, formación integral de la persona y transmisión de los valores universales de amor y solidaridad que se fundamentan en el Evangelio. La educación católica es mucho más que aprendizaje: implica educar la mente, las manos y el corazón.

En el encuentro que el Papa Francisco mantuvo en Roma con los líderes europeos les recordaba que la Unión Europea “corre el riesgo de morir” sin ideales. “Europa vuelve a encontrar esperanza cuando se abre al futuro. Cuando se abre a los jóvenes, ofreciéndoles perspectivas serias de educación”. El mundo de la educación es, a día de hoy, una de las principales plataformas de desarrollo de la humanidad y en el origen de la civilización europea se encuentra el cristianismo. Los valores cristianos son válidos para el diálogo intercultural y el desarrollo integral de la persona. Es, por ello, que la presencia de la Iglesia en la educación, como una propuesta integradora y constructiva, está plenamente justificada.

Por otro lado, habría que entrar en el amplio debate sobre la libertad de las familias para escoger la educación de sus hijos. Si los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos y quieren contar con la ayuda de una centro educativo que les transmita los valores cristianos, ¿por qué tantos obstáculos a algo tan fundamental?

La educación católica –en palabras del Papa Francisco– es uno de los retos más importantes de la Iglesia que trabaja hoy para llevar a cabo la nueva evangelización en un contexto histórico y cultural en constante transformación y necesitado de altos ideales. Por otro lado, no se puede hablar de educación católica sin hablar de humanidad porque, precisamente, la identidad católica es que Dios se ha hecho hombre. Tal y como ya dijeran los clásicos: “nada de lo humano me es ajeno”.

El mayor riesgo de la educación cristiana, y también de cualquier otra obra eclesial, es cerrarse a la trascendencia, convertirnos en especialistas, en administradores, en directivos, seguramente muy buenos, profesionales al frente de instituciones reconocidas socialmente… pero si dejamos de lado el plano fundamental de la trascendencia… todo pierde sentido.

No son pocos los obispos que prefieren impulsar antes un colegio evangelizador que una parroquia en retaguardia. La Iglesia y la sociedad se juegan mucho en el mundo de la educación. Nuestro objetivo es el mismo: unamos esfuerzos por el bien de todos.

Antonio Carrón de la Torre OAR

#UnaPalabraAmiga

 

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