Homilía Dominical Agustiniana

Domingos durante el año (20/01/2019) 

2° domingo durante el año

 

Isaías 62, 1-5 / Salmo 95, 1-3.7-10ac / 1 Corintios 12, 4-11 / Juan 2, 1-11

“El hecho de que el Señor asista como invitado a unas bodas, excluída toda mística significación, quiere confirmar que él mismo es el autor del matrimonio. Luego surgirían hombres, de quienes habla el Apóstol (Cf. 1Tim 4, 3) que prohibirán el matrimonio, diciendo que las nupcias son algo malo y una invención del diablo, a pesar de que el mismo Señor, a la pregunta de si es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa, diga en el Evangelio que no es lícito, salvo en caso de adulterio. La respuesta, si recuerdan, fue esta: Lo que Dios unió, no lo separe el hombre (Mt 19, 6).” (C.E.J. 9, 2)

“Por qué, entonces, el Hijo le dijo a la madre: Mujer, ¿qué tenemos que ver en esto tú y yo? Todavía mi hora no ha llegado (Jn 2, 4). Nuestro Señor Jesucristo era Dios y hombre. En cuanto Dios, no tuvo madre. En cuanto hombre, si la tuvo. María, por lo tanto, era madre de la carne, madre de la humanidad, madre de la debilidad que asumió por nosotros.

El milagro que iba a realizar, lo iba a realizar en conformidad con la divinidad, no en conformidad con la debilidad: en cuanto que era Dios, no en cuanto que había nacido débil. Pero la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres (1Cor 1, 25). La madre exigía un milagro, pero él, como iba a realizar una obra divina, parece insensible a los sentimientos de ternura filial. Es como si dijera: ‘Lo que de mí realiza el milagro, no lo has engendrado tú, tú no has engendrado mi divinidad; pero como tú has engendrado mi debilidad, te reconoceré en el momento en que mi debilidad cuelgue de la cruz’. Este es el sentido de: Todavía mi hora no ha llegado. En aquel momento la reconoce, quien la conocía desde siempre. Antes de nacer ella, cuando la predestinó: la conocía como madre; y antes de que él mismo, como Dios, creara a aquella de quien recibiría el ser de hombre la conocía como madre. Pero, misteriosamente no la reconoce en una cierta hora, y después, en otra hora que todavía debía venir, por el contrario, misteriosamente la reconoce. La reconoce en el momento en el que estaba muriendo aquello que ella había concebido. En efecto, no moría, aquél por quién María había sido creada, sino lo que fue hecho por María; no moría la eternidad de la divinidad, sino la debilidad de la carne. Da esa respuesta, por lo tanto, para distinguir en la fe de los creyentes, quién era él y por dónde había venido. Vino por medio de una mujer, que es su madre, el Dios y Señor del cielo y de la tierra. En cuanto Señor del mundo, como Señor del cielo y de la tierra, es también evidentemente Señor de María; en cuanto creador del cielo y de la tierra, es también el creador de María; pero en cuanto que se dijo nacido de una mujer y sometido a la Ley (Gal 4, 4), él es el Hijo de María. Es al mismo tiempo Señor e Hijo de María, es al mismo tiempo creador y criatura de María. ¿De qué modo él es Hijo y también Señor de David (Cf. Mt 22, 45)? Es Hijo según la carne y Señor según la divinidad; así es Hijo de María según la carne y Señor de María según la majestad. Pero como ella no era madre de la divinidad, y el milagro que ella pedía es obra de la divinidad, por eso le dijo: Mujer, ¿qué tenemos que ver en esto tú y yo? Pero no creas, María, que reniego de ti como madre; es que todavía mi hora no ha llegado; te conoceré cuando la debilidad de la que eres madre cuelgue de la cruz. Veamos si es verdad. Narrando la pasión del Señor, el mismo evangelista, que conocía a la madre del Señor y que como tal nos la ha presentado en estas bodas, dice: Estaba allí, junto a la cruz, la madre de Jesús, y Jesús dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’; después dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’ (Jn 19, 25-27). Encomienda la madre al discípulo; encomienda la madre el que iba a morir antes que ella y el que resucitaría antes de que ella muriese: él, que es hombre, encomienda un hombre [María], a otro hombre [el discípulo]. Esto es lo que María dio a luz. Ya había llegado aquella hora a la que se refería cuando había dicho: Todavía mi hora no ha llegado.” (C.E.J. 8,9)

Selección: Fray José Echávarri, oar
Traducción: Gerardo García Helde