Homilía Dominical Agustiniana

Domingos durante el año (23/09/2018) 

 

25° Domingo durante el año

 
Sabiduría 2,12.17-20 / Salmo 53,3-8 / Santiago 3,16-4.3 / Marcos 9,30-37
 
“Desde que Dios se dignó traerme junto a ustedes, esta es la tercera vez que les dirijo un sermón. En los dos anteriores escucharon sobre todo lo que les concierne a ustedes; pero como hoy, por gracia y misericordia de Dios, será ordenado un obispo, debo hablar sobre eso de tal modo que sirva de exhortación para mí, de información para él, y de enseñanza para ustedes. El que preside un pueblo, ante todo, debe entender que es servidor de muchos. Y no debe tomar esto como una deshonra; lo repito, no debe tomar como una deshonra ser el servidor de muchos, porque el Señor de los señores no desdeñó hacerse nuestro servidor.

A los discípulos de Jesucristo, el Señor, a nuestros apóstoles, desde el fondo del hombre carnal se les había deslizado cierto apetito de grandeza, y el humo de la vanidad había comenzado a llegar a sus ojos. Entonces, como encontramos escrito en el Evangelio, surgió entre ellos una discusión sobre quién debía ser considerado el más grande (Lc 22,24). Pero, el Señor, interviniendo como médico, deshinchó ese tumor. Apenas notó el maligno origen de aquella discusión, poniendo por delante de ellos a unos niños, les dijo: Si ustedes no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos (Mt 18,3). Con la figura del niño quiso recomendar la humildad. No es que quiso que los suyos razonaran como razonan los niños; por eso en otro pasaje, el apóstol dijo: No sean como niños en los juicios. Y agregó: Sean como niños en la maldad, pero juzguen como hombres maduros (1 Cor 14,20). La soberbia es una grave maldad, más aún, es la primera maldad, el principio, el origen y la causa de todos los pecados; fue ella la que precipitó al ángel y lo convirtió en diablo. Y éste, habiendo sido expulsado, dio de beber la copa de la soberbia al hombre que aún estaba en pie, y encumbró hasta la soberbia a aquel que había sido creado a imagen de Dios; volviéndolo indigno, por haberse vuelto soberbio. Lo envidió, lo persuadió para que no, por haberse vuelto soberbio. Lo envidió, lo persuadió para que despreciara la ley de Dios y para que disfrutara de su libertad. ¿Y cómo lo persuadió? Le dijo: Cuando coman, serán como dioses (Gen3,5). Fíjense entonces, si no los persuadió por la soberbia. El que fue creado hombre, quiso ser como Dios: quiso ser lo que no era, y perdió lo que era; no quiero decir que perdió la naturaleza humana, sino que perdió la felicidad presente y la futura. Perdió el lugar al que debía ser elevado, engañado por quién desde allí se había pre-cipitado.” (S 340 A,1)
 
“¿Qué les dice él mismo a los débiles para que, recuperada la capacidad de ver, al menos hasta un cierto punto, puedan recibir la Palabra por medio de la cual todo fue creado? Vengan a mí, todos los que están afligidos y agobiados y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí que soy paciente y humilde de corazón (Mt 11,28-29). ¿Qué nos predica el Maestro, el Hijo de Dios, la Sabiduría de Dios, por medio del cual todo fue creado? Convoca al género humano y nos dice: Vengan a mí todos los que están afligidos y aprendan de mí. Tal vez, tú creías que la Sabiduría de Dios diría: ‘Aprendan cómo hice los cielos y los astros; además todas las cosas, antes de que fueran creadas, ya tenían su cómputo en mí; como, en virtud de inmutables determinaciones, también los cabellos de ustedes están contados (Cf. Mt 10,30)’. ¿Pensabas que te diría estas cosas? No, sino lo de antes: Porque soy paciente y humilde de corazón.
 
Esto es lo que ustedes deben aprender; fíjense, hermanos, qué poco es. Nosotros que tendemos hacia lo grande, debemos aprender las cosas humildes para llegar a ser grandes. ¿Quieres comprender la grandeza de Dios? Comprende primero la humildad de Dios. Dígnate ser humilde por amor de ti mismo, ya que Dios se ha dignado ser humilde por tu bien, no por el suyo. Aprende, entonces, la humildad de Cristo, aprende a ser humilde y no soberbio. Reconoce tu condición de enfermo y reposa pacientemente delantede tu médico. Cuando tú hayas aprendido su humildad, te elevarás con él; no como si él mismo se elevase en su naturaleza de Palabra, sino que más bien tú te elevarás para que cada vez más él sea poseído por ti.” (S 117,17)                      

Selección: Fray José Echávarri, oar
Traducción: Gerardo García Helde