Homilía Dominical Agustiniana

Domingos durante el año (17/06/2018) 

 11° Domingo durante el año

Ezequiel 17,22-24 / Salmo 91,2-16 / 2 Corintios 5,6-10 / Marcos 4,26-34

“Aquel pueblo no se acercó al médico por ese motivo, por su soberbia. Se dice que los judíos son como ramas naturales cortadas del árbol del olivo, es decir del pueblo engendrado por los patriarcas, ramas arrancadas justamente por ser estériles a causa del espíritu de soberbia; y en aquel olivo fue injertado un olivo salvaje (Cf. Rom 11,17-21). Este olivo salvaje es el pueblo de los paganos. Asegura el apóstol que el olivo salvaje fue injertado en el olivo, en tanto las ramas naturales fueron arrancadas. Aquellas fueron arrancadas a causa de su soberbia, en cambio el olivo salvaje fue injertado a causa de su humildad. Esta humildad mostrada por la mujer cananea que decía: ‘Es verdad, Señor, soy perro, deseo las migajas’ (Cf. Mt 15,27; Mc 7,28). Por esa humildad también el centurión agradó al Señor; él deseaba que el Señor curara a su servidor y cuando el Señor le dijo: Yo mismo iré a curarlo, él le respondió: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará’ (Mt 8,7-8). No soy digno de que entres en mi casa. No lo recibió en su casa, pero lo había recibido ya en su corazón. Cuanto más humilde, tanto más capaz, y tanto más pleno. De la misma manera que los montes dejan correr el agua y los valles la recogen. Después que el centurión dijo: No soy digno de que entres en mi casa, esto es lo que dijo el Señor a los que lo seguían: Les aseguro que no he encontrado a nadie que tenga tanta fe en Israel (Mt 8,10); es decir no he encontrado a nadie que tenga tanta fe en el pueblo al que vine. ¿Qué significa: Tanta? Tan grande. ¿Qué la hacía tan grande? Lo más pequeño, es decir la humildad. No he encontrado tanta fe; semejante al grano de mostaza que es tanto más activo, cuanto más pequeño es. El Señor injertaba ya el olivo salvaje en el olivo. Hacía eso cuando decía: Les aseguro que no he encontrado tanta fe en Israel.” (S 77,12)

“Entre la multitud que lo insultaba enfurecida, y el enmudecido rebaño de Cristo y de los que esperaban que sucediera algo, se atraviesa un desconocido que es crucificado con Cristo y cree en Cristo. Hablo, hermanos, de aquel ladrón que reconoció al dador de la gracia y no despreció a su compañero de suplicio. Lo niega uno que lo había seguido, y lo reconoce uno que está clavado. Callan todos los demás, todos pierden la esperanza, y él al contrario dice. Acuérdate de mí, Señor, cuando vengas a establecer tu Reino (Lc 23,42). Confía que un día reinará aquel que ahora contempla crucificado. Esto quiere decir que había al menos uno que podía asegurar: Yo reconocí que el Señor es grande (Sal 135,5). ¡Qué gracia inmensa! Reconoció su grandeza, cuando los judíos lo creían vencido. ¿Cuál es la grandeza, hermanos míos, la grandeza de uno que cuelga de un madero, de un crucificado? Colgado junto al que estaba colgado, fijo en el inmutable, reconoció que era un grano de mostaza (Cf. Mt 13,31-32; Mc 4,30-32; lc 13,18-19). No veía todavía el árbol, pero ya reconocía a su semilla.” (S 111,2) “Celebramos (…) la humildad del Señor, el cual se humilla a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2,8). Por lo cual también nosotros en esta noche santa humillamos nuestras almas ayunando, vigilando y orando; sin que esa humildad contraste con este ardor. ¿Qué es realmente el grano de mostaza sino el ardor de la humildad? Por este grano, los montes fueron trasladados hasta el corazón del mar (Sal 46,3); es decir, los grandes predicadores del Evangelio, que son los santos apóstoles, de Judea fueron trasplantados a los paganos y hasta el mismo corazón del mundo, es decir, a los pensamientos del mundo; se apoderaron de estos montes de los que se dijo: tu justicia es como los montes de Dios (Sal 36,7); montes de los que también se dijo: Tú iluminarás maravillosamente desde los montes eternos (Sal 76,5). Estos mismos montes iluminados, ardiendo en sus cumbres, se han trasplantado a sí mismos al corazón del mar, es decir, a la fe de los paganos, llevando la luz que ilumina a todo hombre, como monte de los montes, rey de los reyes y santo de los santos; para que se cumpliera en ellos lo que había predicho un profeta: Sucederá al fin de los tiempos que el monte del Señor será manifestado y establecido sobre las cumbres de los montes (Is 2,2); y lo que dijo el mismo Jesús: Si ustedes tuvieran la fe del tamaño de un grano de mostaza, podrán decir a este monte: ‘Levántate y tírate al mar’, y él lo haría (Mt 17,19). Estos montes son los que hicieron sagrada para nosotros esta noche en la que el Señor, que estaba sepultado, resucitó; para que el grano de mostaza enterrado no apareciera en su humillación; sino que, brotando, creciendo y extendiendo sus ramas en todas las direcciones, superara a toda otra realidad, e invitara a los soberbios de corazón a refugiarse y a descansar en él, como si fueran pájaros. ¡Que este monte habite también en el corazón de ustedes: porque allí no sufrirá estrechez, ya que la caridad ha dilatado el lugar!”(S 223 H)

                                                                                                                                                                                                                                                                 

Selección: Fray José Echávarri, oar
Traducción: Gerardo García Helde