Cada 16 de diciembre se inicia la Novena de Navidad y comienza la cuenta regresiva para celebrar el nacimiento de Jesucristo. Aquí las oraciones para vivir intensamente estos 9 días en familia, el trabajo, la comunidad, grupo parroquial, etc. Para acceder día por día a la Novena de Navidad, puede ingresar a:

Se recomienda rezar a la Santísima Virgen, a San José y al Niño Jesús, así como reflexionar con la meditación del día y cantar los llamados “gozos”.

 

 

Tomado de: aciprensa.com

Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.

Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: "Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo".

De regresó a su pueblo Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el obispo, luego de oir a Juan Diego le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que se le construyera un templo.

De regreso, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar pues allí le daría la señal. Al día siguiente Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del 12 de diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora prefirió tomar otro camino para evitarla. De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba.

El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde halló rosas de Castilla frescas y poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó al obispo.

Una vez ante Monseñor Zumarraga Juan Diego desplegó su manta, cayeron al suelo las rosas y en la tilma estaba pintada con lo que hoy se conoce como la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio.

Pio X la proclamó como "Patrona de toda la América Latina", Pio XI de todas las "Américas", Pio XII la llamó "Emperatriz de las Américas" y Juan XXIII "La Misionera Celeste del Nuevo Mundo" y "la Madre de las Américas".

La imagen de la Virgen de Guadalupe se venera en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.

 

Tomado de: aciprensa.com

Las dos agustinas misioneras asesinadas en Argel en 1994 fueron beatificadas en Orán junto a los 17 religiosos asesinados durante la guerra civil del país entre 1992 y 2002. “Debemos pensar en las heridas del pasado y crear una dinámica nueva de encuentro y convivencia”, dijo el Papa Francisco

El 8 de diciembre de 2018, festividad de la Inmaculada Concepción de María, será un día histórico para la familia agustiniana. Las hermanas agustinas misioneras Caridad Álvarez y Esther Paniagua, asesinadas en 1994 cuando acudían a la eucaristía en Argel, fueron beatificadas en Orán (Argelia). La Iglesia ascendió a las altares a las dos religiosas y a otros 17 religiosos asesinados durante la guerra civil argelina, entre 1992 y 2002.

Fue a las 14 horas aproximadamente cuando la emoción se desbordó en la explana de la Iglesia de Nuestra Señora de la Cruz. El cardenal Angelo Becciu, representando al Papa Francisco para oficiar la solemne eucaristía, dijo en latín: “Pierre Claverei y sus 18 compañeros, fieles mensajeros del evangelio, mensajeros de la paz, merecen que se les llame entre los bienaventurados”. Fue entonces cuando los asistentes rompieron en aplausos.

La emoción fue especial para las agustinas misioneras que estuvieron presentes en la beatificación -solo 10-. Entre ellas, Maria Jesús Rodríguez, que andaba diez metros por detrás de las hermanas cuando fueron tiroteadas. El Prior general de la Orden de Agustinos Recoletos, Miguel Miró, estuvo presente en la ceremonia, acompañando a las hermanas de la familia agustiniana.

La capilla a la que acudían Cari y Esther fue cerrada días más tarde de su fallecimiento. 24 años después las agustinas misioneras volvieron a celebrar la eucaristía, recordando a las dos nuevas beatas. El Prior general presidió la íntima celebración. Al terminar, el Santísimo volvió al sagrario para que siga teniendo culto en el barrio de Bab el Oued, donde fueron asesinadas las religiosas mártires.

En la capilla donde acudían cuando fueron asesinadas se les realizó un íntimo homenaje.

En la capilla donde acudían cuando fueron asesinadas se les realizó un íntimo homenaje.

En su homilía, monseñor Becciu volvió a recordar que el diálogo es el primer eslabón de la paz y que la iglesia católica “no desea nada más que servir al pueblo argelino”. Antes, el cardenal había leído un mensaje del Papa Francisco en el que recomendó no olvidar las lecciones del pasado. “Debemos pensar en las heridas del pasado y crear una dinámica nueva de encuentro y convivencia” como seres humanos, decía el mensaje del Pontífice, que añadía: “Al recordar la muerte de estas 19 víctimas cristianas, los católicos de Argelia y el mundo quieren celebrar la fidelidad de estos mártires al proyecto de paz que Dios inspira a todos los hombres”.

“Quieren, al mismo tiempo, tomar en su oración a todos los hijos e hijas de Argelia que fueron, como ellos, víctimas de la misma violencia”, subrayó en alusión a un “decenio negro” que segó la vida de más de 300.000 personas y dejó decenas de miles de desaparecidos.

Con motivo de la Recolección agustiniana, el agustino recoleto Pablo Panedas presentó sus dos nuevos libros, editados por la Editorial Augustinus, que revelan que Pedro, Agustín y Lorenzo, tres de los mártires de Japón, eran agustinos recoletos, circunstancia desconocida hasta el momento

En 1623, apenas treinta y cinco años después del inicio de la Recolección agustiniana, llegaron a Japón los misioneros agustinos recoletos Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio procedentes de Filipinas. Aunque la fe era duramente perseguida, los misioneros arribaron con el objetivo de expandir la Palabra de Dios. Lo hicieron ayudados por varios cristianos japoneses que actuaban de catequistas y que se encargaban de transmitirle en su idioma de forma clandestina las enseñanzas de los religiosos agustinos recoletos. Ellos eran Pedro, Agustín y Lorenzo. El grupo de cinco -los dos misioneros europeos y los tres japoneses- fueron capturados, encarcelados y martirizados.

En 1867 fueron beatificados y la Iglesia reconoció el martirio de 250 beatos, entre ellos el de cuatro agustinos recoletos -los primeros en llegar a las islas junto a Martín de San Nicolás y Melchor de San Agustín- y tres terciarios, según la Santa Sede: Pedro, Agustín y Lorenzo. No obstante, Pedro, Agustín y Lorenzo deben ser considerados también agustinos recoletos.

Así lo revelan los dos nuevos libros del agustino recoleto Pablo Panedas, que fueron presentados en la tarde del 5 de diciembre en la Parroquia Santa Rita de Madrid (España) con motivo de la festividad de la Recolección Agustiniana. ‘Letras de fuego. Epistolario de los mártires agustinos recoletos de Japón’ y ‘Pedro, Agustín, Lorenzo. Beatos, recoletos, japoneses’, publicados por la Editorial Augustinus, recogen las cartas y escritos de los mártires agustinos recoletos de Japón. Un trabajo que, según indicó Panedas en la presentación, le ha costado más de dos décadas.

El epistolario demuestra que, una vez fueron encarcelados y en vista de su inminente martirio, los dos misioneros agustinos recoletos entregaron los hábitos a Pedro, Agustín y Lorenzo. En las cartas enviadas por Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio a sus superiores de Filipinas así lo hace constar. No obstante, hasta el siglo XIX estuvieron ocultas.

Pablo Panedas indicó que 1912, cuando la Orden de Agustinos Recoletos obtuvo el reconocimiento legal de Pío X, era el momento de sacar este hecho a la luz. No obstante, continuó ocultado desde el siglo XVII hasta 1961. “Uno de nuestros investigadores más ilustres, el padre Jenaro Fernández, intentó recuperarlas y ofrecerlas al público”, dijo. Una vez que habían sido recuperadas las epístolas, la Orden tuvo la posibilidad, dijo Panedas, de demostrar que eran religiosos con motivo de la beatificación de los otros dos mártires agustinos recoletos de Japón en 1989.

Pedro, Agustín y Lorenzo “han sido los más perjudicados por el abandono en que hemos tenidos el epistolario de sus padres espirituales. En sus cartas, Francisco de Jesús clama diciendo que los tres beatos son religiosos agustinos recoletos y nosotros no nos hemos dado por enterados, ni nosotros ni la Santa Sede, que no lo hizo constar en el breve de beatificación”, dijo.

Panedas afirmó que en Japón los misioneros agustinos recoletos eran conocidos con el término de ‘frades’, en cierto modo de forma despectiva. “A Pedro, Agustín y Lorenzo les podríamos denominar ‘kakure frades’, ‘frailes ocultos'”, indicó. Pablo Panedas concluyó la presentación de sus dos nuevos libros con el deseo de que se descubra “el corazón ardiente” de los mártires y “cambiemos nuestro corazón para sintonizar cada vez mejor con el de ellos”.

Al acto acudieron un centenar de personas, religiosos y miembros de la familia agustino recoleta. El autor fue presentado por el historiador agustino recoleto Ángel Martínez Cuesta, quien hizo una aproximación histórica del momento en el que está encuadrado el libro. El Prior general, Miguel Miró, que presidió la eucaristía solemne que precedió al acto, cerró la presentación agradeciendo a las tres desconocidas figuras de la Recolección su testimonio de santidad.

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Nos equivocaríamos si pensáramos que san Agustín celebraba el Adviento, y que cada domingo en la Basílica de Hipona se iba encendiendo una vela en la gran corona de Adviento que había sido colocada en el lugar más visible de la misma. No obstante, aunque san Agustín no celebraba litúrgicamente el tiempo del Adviento, no por eso sus obras y su pensamiento son ajenas a la idea teológica y espiritual del adviento de Cristo. De hecho san Agustín, en consonancia con lo que nos recuerda la liturgia actual en los primeros días del Adviento, nos  habla de tres “Advientos” de Cristo, de tres venidas del Señor.

En primer lugar, para san Agustín es claro que Cristo es aquel que no solo vino en la historia para salvar a los hombres, y que vendrá al final de la misma como juez, sino que también es el que continuamente viene al encuentro de todo creyente para invitarlo a aceptar la salvación que viene de Dios. De aquí la idea e imagen del Cristo que “pasa”, que camina y acompaña a la humanidad en su propia historia, y que pasa al lado de la vida y de la historia de todo hombre para invitarlo a la salvación.

Así pues, además de esa venida continua de Cristo en la economía de la salvación, hay otras dos venidas de Cristo a las que san Agustín se refiere explícitamente con la palabra latina “aduentus”, que se puede traducir como la “venida” o “advenimiento”.

La primera de estas venidas no puede ser otra que la venida histórica de Jesús en carne mortal, cuando por el misterio de la Encarnación, Cristo descendió a los hombres para rescatar al género humano del pecado y de la muerte, haciéndose hombre en las entrañas de la Virgen María:

Por tanto, como creemos en dos venidas (adventus) del Señor: en una pasada, (…) y otra futura,(…)

Existe también otra venida, otro adviento futuro de Cristo al final de los tiempos en el juicio final, en donde todas las naciones serán congregadas en su presencia, y se hará la separación de los buenos y los malos:

Por tanto, como creemos en dos venidas del Señor: en una pasada, la cual no advirtieron los judíos, y en otra futura, que unos y otros esperamos, y como ésta, que los judíos no entendieron, aprovechó a los gentiles.

Un interesante detalle es que san Agustín, a estas dos venidas de Cristo, añade un juicio que le corresponde respectivamente a cada una de ellas. De este modo, a la venida histórica de Jesús, al nacimiento de Cristo en Belén (Mt 2, 1), como comienzo de la obra de la redención, le corresponde un juicio oculto. A la venida al final de los tiempos, le asigna san Agustín un juicio manifiesto (Mt 25, 31-46).

Si alguno recapacita, observará que dos juicios se insinúan también en la Escritura: uno oculto, otro manifiesto. El oculto se lleva a cabo ahora, (…) por el cual ahora cada uno de los hombres o es atormentado para que se purifique, o es avisado para que se convierta, o, si desprecia el llamamiento y la enseñanza de Dios, se ciega para condenarse. El juicio manifiesto, al cual ha de venir el Señor a juzgar a los vivos y a los muertos, (…)

De este modo, todas las personas son ahora juzgadas en lo que llama san Agustín el juicio oculto, pues reciben algún sufrimiento como una invitación a la purificación, o bien son advertidas para que se conviertan y se dispongan a cambiar su vida antes de que llegue el  juicio final o manifiesto. De hecho, estos elementos son parte de la enseñanza y del llamado de Dios, como señala san Agustín.

Sin embargo quien se cierra en sí mismo y no puede percibir la utilidad de la purificación a la que deben llevar los sufrimientos, o bien la conversión en donde debe desembocar la advertencia (Mt 4, 17), son cegados, y se disponen a ser condenados en el juicio manifiesto, es decir, en el juicio final:

El juicio oculto es el castigo por el cual ahora cada uno de los hombres o es atormentado para que se purifique, o es avisado para que se convierta, o, si desprecia el llamamiento y la enseñanza de Dios, se ciega para condenarse.

Por todo ello, san Agustín nos invitaría a vivir toda nuestra vida como un largo Adviento, ya que vivimos entre la primera venida histórica de Cristo (su nacimiento), y la última venida al final de los tiempos. San Agustín nos invitaría a vivir con vigilancia y siendo conscientes del paso de Cristo por nuestras vidas, para poder alcanzar la salvación (Mt 24, 42).

Enrique Eguiarte, agustino recoleto

 

El agustino recoleto Pablo Panedas presentará en Madrid dos libros sobre Pedro, Agustín y Lorenzo en el marco de la celebración del día de la Recolección agustiniana. También se dará a conocer y explicará la pintura de Santiago Bellido sobre los mártires agustinos recoletos

A lo largo de los 430 años que la Recolección agustiniana cumple en 2018, han sido muchos los religiosos que han vivido de manera fiel el carisma agustino recoleto, siendo un referente como cristianos y consagrados a Cristo. Sobre Pedro, Agustín y Lorenzo, tres de los mártires agustinos recoletos de Japón, el historiador agustino recoleto Pablo Panedas ha escrito dos libros que serán presentados en Madrid este miércoles 5 de diciembre con motivo del aniversario de la Recolección. Las dos obras recogen documentos inéditos sobre la vida y martirio de los tres religiosos asesinados el 28 de octubre de 1630.

‘Letras de fuego: epistolario de los mártires agustinos recoletos de Japón’ recoge por primera vez algunas de las cartas que escribieron los meses y días antes de su muerte a golpe de catana en Nagasaki. La historia de su asesinato se cuenta de manera más breve en ‘Pedro, Agustín, Lorenzo, Beatos, Recoletos, Japoneses. Las primicias’, el segundo de los libros -editados por la Editorial Augustinus- que serán presentados el 5 de diciembre a las 19.30 hs. en la Parroquia Santa Rita de Casia, en Madrid (España).

Las dos obras de Pablo Panedas no será lo único que se de a conocer el próximo miércoles. Durante el evento se presentará el cuadro del pintor Santiago Bellido sobre Pedro, Agustín y Lorenzo. En óleo sobre lienzo, la pintura muestra a los beatos agustinos recoletos en el centro mientras varios personajes lloran o ríen ante su martirio.

Además del escritor, en el acto intervendrán el historiador agustino recoleto Ángel Martínez Cuesta y el Prior general de la Orden de Agustinos Recoletos, Miguel Miró, que presidirá la eucaristía con motivo de la festividad del 5 de diciembre en la Parroquia Santa Rita.

La historia de tres mártires

Los mártires del Japón beatificados en 1867, hace más de 150 años, formaban todo un batallón de 205 personas de diversa raza y condición. En él confluían personajes de distintas órdenes religiosas que habían sufrido martirio durante los primeros 30 años del siglo XVII. El grupo de agustinos recoletos martirizados era encabezado los misioneros europeos Francisco de Jesús, que era el superior, y Vicente de San Antonio, portugués. Pero, junto con ellos, fueron también beatificados otros tres agustinos recoletos japoneses, a los que Francisco de Jesús había admitido a la profesión: Kaida Hachizo, que en religión se llamará Lorenzo de San Nicolás; Yukimoto Ichizaemon, que será Agustín de Jesús María; y Sawaguchi Kuhioe, o Pedro de la Madre de Dios.

Éstos son dojukus o catequizados de Francisco y Vicente. Son tres jóvenes de cierta cultura, especialmente preparados para transmitir el Evangelio y las verdades de la fe. Los sacerdotes, extranjeros, administraban los sacramentos; los dojukus, que dominan la lengua, se encargan de la predicación y la catequesis.

Lorenzo, Agustín y Pedro fueron detenidos junto con Francisco y Vicente. Y sufrieron 10 meses de durísima prisión, pero no con ellos. Mientras los misioneros fueron trasladados enseguida a la cárcel de Omura, sus dojukus–junto con otros- permanecieron en la de Nagasaki, a unos 30 km. Y en Nagasaki serán ejecutados a golpe de catana el día 28 de octubre de 1630, dos años antes que sus padres espirituales, que se llenaron de júbilo al recibir la noticia.

 

El 22 de noviembre se celebró el DÍA DEL MÚSICO. ¡Felicidades a nuestros ministerios de música y canto!. Que Santa Cecilia, virgen y mártir acompañe su canto para que amen a Cristo como ella. “¿Qué tiene de peculiar el cántico nuevo sino un nuevo amor? Cantar es propio del que ama. La voz de este cantor es el fervor del santo amor”. San Agustín, S 336,1.

 

 

El Santo Padre Francisco, convocó para el domingo 18 de noviembre, a la SEGUNDA JORNADA MUNDIAL de los Pobres, con el lema: “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó”, es un día para reflexionar sobre cómo se puede ayudar a los más necesitados. Por eso, la Iglesia aprovecha para concientizar sobre las necesidades de los pobres en cada ciudad y ¿qué hacer para ayudarlos?

La Iglesia celebra este domingo la II Jornada Mundial de los Pobres. El Papa Francisco invita a participar y reflexionar sobre nuestra actitud con los pobres. Para ello propone los tres verbos del salmo: gritar, responder y liberar. Puedes leer el mensaje completo del Santo Padre para esta jornada

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasadoMuchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [….] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.

En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.

10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.

Papa Francisco

 

 

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