20° Domingo durante el año


Isaías 56, 1.6-7 Salmo 66, 2-3.5-6.8 Romanos 11, 13-15.29-32 Mateo 15, 21-28
“Esta mujer era una oveja de otro rebaño; y por este motivo no es que fuera desdeñada, sino sólo postergada. No he sido enviado —dijo él— sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Pero ella insistía gritando; perseveraba y golpeaba la puerta, como si hubiera oído decir: ‘Pide y se te dará, busca y encontrarás, golpea y se te abrirá’.


Ella insistió y golpeó. Precisamente porque el Señor que dijo: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, golpeen y se les abrirá (Mt 7, 7); antes también había dicho: No den las cosas sagradas a los perros, ni tiren sus perlas a los cerdos,no sea que las pisoteen con sus patas y, volviéndose contra ustedes, los destrocen (Mt 7,6); es decir: después de despreciar las perlas de ustedes, también les causen daño. No les den, por tanto, lo que ellos desprecian.
‘¿Y cómo distinguiremos —así podrían replicar— cuáles son los cerdos y cuáles los perros?’. La respuesta a esto se da con lo que pasó con aquella mujer. Porque a sus insistencias, el Señor respondió: ‘No está bien quitar el pan de los hijos para tirarlo a los perros. Tú eres un perro, tú eres una pagana, tú adoras ídolos’. Pero, ¿hay algo más común entre los perros que lamer las piedras? Por lo tanto, no está bien quitar el pan de los hijos para tirarlo a los perros.
 Si después de haber oído estas palabras, ella hubiera regresado, se habría acercado como perro y como perro habría vuelto; pero golpeando la puerta, de perro pasó a ser un ser humano. Porque insistió en el pedir y mostró su humildad ante lo que podía sonar como un insulto, alcanzó misericordia. En efecto, ella no se conmovió ni se enojó al haber sido llamada perro mientras pedía una gracia e imploraba misericordia. ‘Es verdad, Señor: me has llamado perro, y en verdad soy un perro, acepto mi nombre; es la Verdad la que habla, pero no por eso debe ser excluida del beneficio. Aunque yo sea un perro, también los perros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños. Deseo una gracia pequeña y razonable, no quiero estar a la mesa por la fuerza, busco sólo las migas’.


Vean cómo se recomienda la humildad. El Señor la había llamado perro; y ella no dijo: ‘No lo soy’, sino que dijo: ‘Lo soy’. Y como reconoció que era un perro, en seguida el Señor le dijo: ‘Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo! Tú te has reconocido un perro, yo ahora te reconozco un ser humano. Mujer, ¡qué grande es tu fe!: pediste, buscaste, golpeaste; ahora recibe, encuentra, y que te abran la puerta’. Vean, hermanos, de qué modo se recomienda sobre todo la humildad a partir de esta mujer que era una cananea, es decir que provenía del paganismo y era un arquetipo, o sea una figura de la Iglesia.


En realidad, el pueblo judío fue excluido del Evangelio. Se había hinchado de soberbia por el hecho de haber merecido recibir la Ley, porque de ese mismo pueblo procedían los patriarcas, y habían surgido los profetas y Moisés, el servidor de Dios que había realizado en Egipto los grandes milagros que hemos recordado en el salmo (Cf. Sal 115), había conducido al pueblo por medio del Mar Rojo, mientras sus aguas se retiraban, tenía motivos para vanagloriarse; pero, a causa de esa misma soberbia, sucedió que no quiso humillarse ante Cristo, el autor de la humildad, el dominador del orgullo, el médico divino, que para esto, siendo Dios, se hizo hombre: para que el hombre se reconociera humano. ¡Qué gran medicina! Si esta medicina no cura la soberbia, no sé qué cosa podrá curarla. Él es Dios y se hace hombre, siendo Dios, mientras que el hombre no se reconoce humano, es decir no se reconoce mortal, frágil, pecador, no se reconoce enfermo, para buscar al médico por estar enfermo. Pero, lo que es más peligroso, ¡es que se cree sano!” (S. 77, 9-11)